Cuando acabaron las clases, fui hasta una parada vieja y medio abandonada que hay al final de la avenida. Cogí el autobús número 5, ¿y quién estaba en él? La señora estirada de esta mañana. Cuando la vi se me cambió la cara de color, se me quebró la sonrisa y se me paralizó todo el cuerpo. Me acerqué a ella sin remilgos, no la había podido contestar antes y este era mi momento.
-¿Me recuerdas? Estirada.
-¿Cómo te atreves?
-¿Qué cómo me atrevo yo? Eres tú la que me has llamado pordiosera esta mañana, tú has empezado.
-¿Yo?
-Tú misma. Te recuerdo perfectamente.
-Eso es mentira. Lárgate.
Me fui hacía los asientos traseros del autobús y bajé de él en la misma parada en la que había subido esta mañana. Observé la tienda y junto a ella, una tienda de ropa elegante, sin muchos adornos, pero mucho menos lujosa que la que a mí me quitaba el hipo. Entré en ella y me compré una camiseta gris, de tirantes, muy fina, como de seda. Ya tenía algo más chic en mi vestuario. Fui a mi casa, no había nadie, como de costumbre. Me puse un pijama precioso que me regalaron mis primos de Escocia hace unos meses por mi cumpleaños. Corrí hasta el salón para poder echarme en el sofá y de un golpe de mando encendí a televisión justo en la cadena que yo quería. Había un documental de indios, no me interesaba la verdad, pero antes que ver la teletienda... Mi padre me llamó por teléfono justo en el momento en el que mis ojos empezaban a cerrarse. ¿Qué quería?
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