miércoles, 31 de diciembre de 2014

Nuestro año.

En este año que ha pasado, 
hemos vivido muchas cosas. 
Unos han nacido, otro se han ido,  
unos han  reído, otros han llorado. 
Hemos luchado, 
hemos jugado, 
hemos perdido. 
Nos hemos mojado.
Hemos enfermado.
Hemos abdicado.
Hemos coronado.
Hemos festejado.
Hemos manifestado.
Nos han robado. 
Pero al final todo ha pasado.
Y Feliz Año Nuevo deseamos.

martes, 23 de diciembre de 2014

Se acercan las Navidades.

Se acercan las Navidades, 
siempre tan invernales, 
con sus regalos envueltos, 
y sus cenas familiares.

Comemos turrón, 
y bombones, 
incluso algunos mazapanes.

Reímos y cantamos, 
bailamos y disfrutamos, 
en familia o con amigos, 
siempre sonriendo, vamos. 

Se acercan las Navidades, 
y es hora de festejarlo, 
coge a tus amistades, 
y gritarlo todos. 

¡Feliz Navidad!

jueves, 30 de octubre de 2014

Solo

Parece que estas solo, 
pero en realidad no lo estas.
solo lo estas
en tus sueños,
en tus sueños
nada más.
mira hacia el cielo,
míralo sin parar,
pues si lo miras despacio,
algo verás.
porque no estás solo,
 solo lo estás en tus sueños,
en tus sueños 
nada más.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Verano fuera, Otoño llega.

Se ha acabado, 
el Verano deseado.
Llega el Otoño,
¡cuánto lo odiamos!

Empieza en Septiembre, 
acaba en Diciembre.
Año tras año, 
como siempre.

Cosas malas pasan, 
aunque alguna buena habrá.
Y cuando menos te los esperes, 
el Invierno aquí estará.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Hurgando en el pasado.

Hurgamos en nuestro pasado, 
pensando en lo que hicimos, 
en lo que atrás quedamos. 
 
Hurgamos en los recuerdos, 
viajando de pensamiento en pensamiento, 
buscando momentos buenos. 
 
Hurgamos en el pasado de otros, 
para buscar malos momentos, 
haciendo uso de nuestra envidia. 
 
Hurgamos en muchas vidas, 
pensando en  lo que somos
y en lo que otros son, 
sin querer verlo.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Positivos.

Esperar la próxima parada, 
que pase un tren y se detenga. 
Vivir la vida al límite.
Tener oportunidades nuevas. 
 
Dar vueltas por el mundo.
Permanecer quieto hasta que todo pare. 
Saltando de árbol en árbol, 
cuál ardilla entre gigantes. 
 
Ser pacientes con nosotros mismos, 
y ser el pequeño entre grandes. 
Ser positivo ante todo, 
y nunca más achantarse.

sábado, 23 de agosto de 2014

En busca de nuevos sueños.

En busca de nuevos sueños, 
recordamos algunos viejos.
Los elegimos con cuidado, 
temiendo que sean cumplidos.

En busca de nuevos sueños, 
olvidamos al universo. 
Con precisión los miramos,
para que los perfectos sean elegidos.

Seguro que no será cumplido,
pensamos el mundo entero.
Aunque sabemos que la posibilidad cabe, 
pero todo el mundo sabe, 
que los sueños se quedan ahí. 

Que si se cumplen,
será perfecto.
Y si no lo hacen, 
te rayarás a mil. 

lunes, 11 de agosto de 2014

Me gusta escribir.

Me gusta escribir, 
sentir, 
saber que alguien lo leerá 
y le gustará.

Soñar a través de mis palabras,
reír con mis propios chistes,
plasmar mis ideas con mis dedos
en una página web.

Me gusta leer,
inspirarme, crear,
imponer mi propia marca 
a las demás.

Me gusta jugar con las palabras,
manejar frases en mi cabeza,
escoger una, la ideal,
y saber que será la perfecta.

Me gusta imaginar a los lectores,
sentir en mi misma lo que ellos piensan,
me gusta escribir y olvidar,
que lo que oscribo queda fuera de la realidad.

lunes, 21 de julio de 2014

Un comentario

¿Y si digo esto y me equivoco?
Quizás debería meditarlo un poco.
¿Quedará indiferente mi comentario?
Le consultaré a mi diario.

Espero que no transcienda,
anda que si se hace leyenda...
Mi comentario será tan importante,
¿cómo para que salga en pantallas gigantes?

Simplemente se hablará por el barrio supongo,
¿pero y si no tengo razón? 
¿Y si sale en los periódicos?
Bueno ya está tomada la decisión,
no lo digo y se acabó.

sábado, 5 de julio de 2014

El Whatsapp

Recibimos miles al día,
aunque hay gente que ni lo mira,
o que lo mira y no contesta,
que eso crea todavía más ira.

Escribimos de forma extraña,
manejamos el vocabulario,
usamos léxico sencillo,
y para leerlo hay que tener algo de maña.

Ponemos hasta caritas,
llamadas emoticonos, 
entre los que encontramos,
varios tigres y algún mono.


martes, 17 de junio de 2014

Acabamos.

Menuda salvación, 
piensan los chicos al acabar el curso,
se pierden recuerdos y aventuras,
en las aulas donde han convivido.

Se acaban las clases,
y los chicos y chicas pregonan,
que el curso ha acabado,
y las vacaciones llegan.

Nuevos compañeros,
nuevos profesores,
nuevos momentos,
en el curso que empezarán en Septiembre.

domingo, 15 de junio de 2014

Nuevo blog.

Debido a la extensión de mi nuevo libro: 200 Cartas de Amor. Me veo en la obligación de escribirlo en otro blog para no tener este blog estancado. Pero este blog seguirá su funcionamiento normal, con otros libros de menor extensión, poemas, teatro... 
Pueden encontrar el nuevo libro en: http://200cartasdeamor.blogspot.com.es/

lunes, 9 de junio de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 9) Final y Epílogo.

Capítulo 9
El reloj marcaba las ocho de la mañana. La nieve quedaba reducida a un dedo de grosor. Maialen se sentía peor que en toda la noche. Las tripas la rugían, los labios la temblaban y el pulso cada vez se mantenía menos estabilizado. No podía más. ¿Sería ese punto de la mañana su fin? Había durado demasiado. Se levantó de la mecedora e intentó alcanzar un trozo de madera mojado que había en las partes traseras de la cabaña. Tal y como ella pensaba, no prendía en la chimenea. Era triste. Las ocho de la mañana, a penas con un rayo de luz entrante por la ventana, y muerta de frío; sin fuego, sin nada más a parte de las mantas y las sábanas.
Maialen se volvía a sentar en la mecedora, leyendo un libro: “El bosque de las 7 rosas.” Un libro precioso para ella, con sentido profundo, que la hacía siempre mantener la cabeza amueblada y firme. A pesar de su edad, o su capacidad mental. Maialen terminaba siempre de leer sus libros, y los repetía en su cabeza una y otra vez. Esto, le hacía agilizar la mente, la hacía pensar. Recordaba los libros que ella les regalaba de pequeños a sus nietos. Libros viejos, de cuando ella era pequeña. Libros pasados, en desuso, de autores irreconocibles para niños de esa edad y totalmente idos de honda.
Maialen reconocía que su vida no había ido la más difícil del mundo. Pero en estos momentos, sabía que tampoco había sido la más fácil. Había pasado penurias, pero también buenos momentos. Maialen hacía balance y lo veía positivo. Más momentos buenos que malos, estaba claro.
Pero… ¿cuáles habían sido esos buenos momentos? Sin duda el nacimiento de sus hijos, su boda, su infancia, las conversaciones con su hermano, las fiestas del pueblo, la feria, los bailes, las charangas, los miles de pasodobles que había bailado con su marido en las plazas, los juegos con sus hijos, los juegos con sus nietos mayores, los juegos con su madre, los cuentos de Rocío, los regalos de su abuelos, las caricias de su abuela, las carantoñas de su madre, incluso las bromas de sus vecinos y vecinas. Había tantos momentos inolvidables… no daba tiempo para recordarlos todos. Imposible. La memoria de Maialen no daba para tanto y había algunos momentos se perdían o incluso ya se habían perdido entre los nervios de su cerebro. Maialen no recordaba muchas cosas, pero había otras que las tenía tan presentes que sus cabeza se aburría de ellos. ¿Por qué su cabeza había borrado unos momentos, y los otros los había mantenido intactos? Quizás no eran tan buenos como Maialen los imaginaba, y su cabeza los había eliminado por su bien; o quizá la mente era egoísta, y quería quitar a Maialen parte de su vida.  ¿Tan mala y traicionera es la memoria? ¿Tan cruel? ¿Tan triste era hacerse mayor? ¿Tan frágil te hacías? ¿Tan de cristal? Era perder tu vida, parte de tus recuerdos, tus sentimientos y emociones, perder tu ciudad, tu pueblo, momentos con tu familia y amigos… Era olvidar parte de ti. Y eso la pasaba a Maialen. Exactamente lo que se acaba de describir.
Maialen continuaba leyendo el libro, ya estaba a punto de terminado. Tan sólo la quedaban un par de páginas. La dolía el pecho, como si una nube de humo la agarrara el corazón, como una presión. Imposible de explicar. Una sensación rara, de taquicardia, de asfixia. Maialen estaba a una página de acabar el libro. Un gran libro sin duda. Venga que solamente quedan un par de líneas para acabarlo, se repetía así misma Maialen mientras tosía repetidamente y tapaba la boca con un pañuelo de tela azul. Maialen pasaba la vista por las líneas del libro, lentamente, a su ritmo, sin prisa alguna. Volvía a toser, se movía y retorcía, se asfixiaba sin duda alguna. Y a las ocho y media de la mañana, justo cuando sus hijos llamaban a la puerta de la cabaña, Maialen descolgaba la cabeza hacia atrás dejando morir su cuerpo sin poder hacer nada por evitarlo. Maialen moría, dejando atrás mucho, pero mucho más por delante. Había acabado su libro.
Epílogo
¿No os preguntáis quién está contando esto? ¿Quién es el narrador o narradora de esta historia? ¿Quién sabe tanto de Maialen como para poder contar su historia dato a dato? Pues yo misma, la única que pasó con ella todo este tiempo de aventura en las montañas vasca, día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, y tan sólo me separaba de ella en momentos puntuales. Soy, La Soledad.

domingo, 1 de junio de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 8)

Capítulo 8
El reloj marcaba las siete de la mañana. El Sol se iba vislumbrando por el marco de la ventana. Maialen ya no sentía frío; o por lo menos, no tanto como hacía unas horas. Se levantó y fue hasta el cobertizo a por una botellita de café, y una cucharadita de miel. Apenada, recordaba a la Señora Garay. Su vecina de toda la vida en Baracaldo. Una mujer que siempre había sido mayor; ni envejecía, ni rejuvenecía, siempre parecía mantenerse en la misma edad. Rondaba los 52 años de edad cuando Maialen tenía los diecinueve. Tenía el pelo canoso, llevaba gafas negras y siempre vestía con trajes de chaqueta y lucía moño; tenía arrugas en el rostro, y manchas marrones por todo el brazo derecho. Ella siempre la cuidaba, cuando Maialen no tenía dinero, Ohiane Garay siempre estaba allí para dejarla lo poco que la sobraba del sueldo del Señor Garay. Ohiane, tenía un hijo, Andoni. Andoni era un chico alto, de unos 180 centímetros; fuerte, de pelo oscuro largo, y vestía de manera informal, con camisetas y pantalones muy básicos; lo acompañaba con gorras y zapatillas de suela fina. Andoni, lucía varios tatuajes: una “G” en su antebrazo derecho, un tigre en el brazo izquierdo, un payaso de colores extridentes en la espalda y tanto en el gemelo derecho como en el izquierdo, lucía un león ondeando su melena al viento. Maialen, estaba loquita por él, “le quería”. Todas las mañanas cuando Unax salía de casa para comprar el pan; Maialen iba a casa de Andoni, y ponía cualquier excusa para pasar un rato junto a él. Andoni, era más pequeño que ella, tenía dieciséis años. Un poco joven para ella, pero a Maialen la encantaba. Una noche, esperando a que llegara Unax del trabajo; Andoni, fue a buscarla para invitarla a ir a dar una vuelta. En el fondo aquel chico también sentía algo por su vecina. Los dos, fueron a dar un paseo durante toda la noche. Cuando eran más o menos las doce de la noche, llegaron a casa. Habían bebido mucho, y Maialen estaba muy nerviosa. Andoni, cogió la mano de Maialen y se fundieron en un gran beso. Juntos entraron a casa de Los Garay y estuvieron en la habitación de Andoni durante horas. Era tarde, y Maialen tenía que volver a casa si quería que Unax no sospechara nada cuando volviera de madrugada. Después de aquello, se estuvieron cruzando miradas días, meses, incluso años. Años de tensión, de presión, sabiendo que estaban enamorados pero en el fondo Maialen quería a Unax. Y Andoni, era joven, demasiado joven.
El día que Maialen se casó con Unax, Andoni estaba invitado a la ceremonia por supuesto. Pero justo antes de entrar a la iglesia; Andoni la apartó de toda la familia y se la llevó a una callejuela de al lado. Ya habían pasado dos años, él tenía dieciocho años recién cumplidos; era muy joven, pero estaba tan guapo con ese traje de color negro acompañado de camisa azul cielo, que Maialen no se pudo resistir y se besaron de nuevo, una y otra vez. Andoni la intentaba explicar que la quería, que estaba loco por ella. Pero Maialen, no dio marcha atrás y se casó con Unax. Andoni triste, nostálgico, melancólico y apenado se fue después de aquello a estudiar a Navarra.
Cuando pasaron cinco años, Andoni volvió a Baracaldo y vio a Maialen. Él ya era todo un hombre, tenía 23 años y ella veintiséis. Cuando se volvieron a ver, Andoni estaba mucho más guapo, se había dejado un poco de barba y eso le hacía más interesante. Maialen tampoco se quedaba atrás, se había cambiado el look; se había cortado el pelo, había comprado ropa nueva…
Andoni enseguida se fijó en ella, era una mujer casada pero a él, le seguía volviendo loco. Un día, Unax salió a trabajar muy temprano; y cuando Maialen estaba dormida, tocaron a la puerta. Era Andoni, que venía dispuesto a llevársela de paseo. Maialen dudó unos segundos, pero aceptó. Ella estaba incómoda, él sin embargo se desenvolvía muy bien al hablar, mucho mejor que cuando se fue. Maialen lo notaba, había cambiado, estaba más maduro, más hombre. Pasearon unos cuarenta minutos; cuando llegaron a la calle que estaba justo al lado de ambas casas, Andoni intentó besar a Maialen de nuevo; pero esta vez ella no estaba por la labor, y lo apartó extendiendo los brazos. Andoni, ofendido, agachó la cabeza y se fue sin decir ni palabra. Sin embargo Maialen soltó un “lo siento” que dañó el corazón de Andoni.

Después de otros tres años, Andoni, aceptó que Maialen no era suya. La logró olvidar. Le costó muchos años, de terapia, de ayuda, de esperar a que ella llamara a su puerta. Después de aquello, Andoni se hizo un nuevo tatuaje, unas iniciales: M.E en el pecho, rodeado de fuego, y escritas en una especie de pergamino que parecía quemarse, sobre todo el pectoral del muchacho.

martes, 27 de mayo de 2014

Se escapa.

Y se me escapa la memoria,
en busca de buenos recuerdos,
va y me queda sin aliento,
sin dejar dedicatoria.

En busca de nuevos proyectos,
se escapa para volver mañana,
cuando asome por la ventana
el viento.

Que espera ser consecuente,
y ante mis actos reírse,
marcharse sin despedirse,
lo haría ella si pudiera.

Más como no puede se resigna,
espera sentada y quieta,
hasta que vuelva a ser coherente,
y ella deshaga la maleta.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 7)

Capítulo 7
El reloj marcaba las seis y cuarto de la madrugada. Maialen se rascaba la nariz con fuerza, parecía que la había picado algo. Poco probable, pero lo que no la pasara ya…
Maialen se acordaba en esos momentos, de quién no se había acordado en mucho tiempo, su hermano Hurko. Hurko siempre había sido el hermano desaparecido, al que sus padres mandaron a estudiar a Barcelona y jamás le volvieron a ver. Sabía pocas cosas de él. Lo básico. Apenas recordaba momentos de niñez. Cómo se subían a los árboles, cómo escalaban las paredes de los vecinos… No sabía si se había casado, ni siquiera si le había ido bien en los estudios.
Su hermano Hurko, era siete años mayor que ella; los padres de Maialen decidieron mandarle con mucho esfuerzo a Barcelona a estudiar para que se labrara un buen futuro. Pronto, Hurko mandó una carta a los padres de Maialen en la que relataba que un empresario le había ofrecido un puesto de ayudante en su empresa y que había aceptado el trabajo. Nada más se supo de Hurko desde aquella carta. Sus padres, estuvieron apenados mucho tiempo, pero tenían que cuidar de sus dos hijos pequeños, nunca se volvió a tener en cuenta a Hurko.
Hace quince años en un viaje de Maialen a Barcelona, Hurko se sentó al lado de ella en el tren. Ella después de tantos años, lo reconoció por la marca de nacimiento que él tenía en la barbilla, una mancha en forma de estrella. Maialen lo miró una y otra vez de arriba abajo, asegurándose de que ese hombre que se había sentado a su lado era su hermano. Extendió su mano, para tocar la de Hurko; pero, en ese mismo instante, en esa misma milésima de segundo, cuando sus manos parecían tocarse, Hurko se levantó de su asiento y salió del tren. Habían llegado a su destino. Maialen sintió en ese momento, una sensación de fracaso. Le había tenido tan cerca, y lo había dejado marchar. Salió por la puerta del tren tras coger la maleta y buscó entre el tumulto de la estación a Hurko. Sin resultados. Ese hombre mayor, con camisa de cuadros marrones y rojos, pantalones de pana oscuros, zapatillas blancas y chaqueta gris, su hermano, parecía no haber estado allí nunca.
¿Se habría arrepentido Hurko de haber dejado a su familia? Maialen suponía que sí. ¿Pero, y si no? ¿Y si se alegraba de haberse marchado? ¿Y si no la echaba de menos? Eran demasiadas preguntas, con una sola respuesta: nunca se sabría. Únicamente lo sabía Hurko, y Maialen no se podía meter en su cabeza.
Recordaba a aquel hombre del tren, con barba de dos días y pelo largo desaliñado; rasgos marcados, piel oscura y una pulsera de cuerda fina en la muñeca derecha.
Maialen, después de aquel encuentro, intentó recabar el número de teléfono de Hurko sin resultados. Tampoco tuvo suerte con la dirección. Lo único que consiguió descubrir fue que Hurko estaba separado, y había tenido cuatro hijos. Lo sabía porque un hombre que la vio correr detrás de él al salir del tren, se la acercó y la dijo: -¿Conoce? Maialen mantuvo una conversación con él y descubrió que: Hurko, se había casado hace muchos años y se había separado hacía unos cinco años; que tenía cuatro hijos: Iker de dieciséis años, Amaia de catorce años y los mellizos Nagore y Aitor de ocho años; que vivían con él, porque Naroa su mujer vivía en Moscú por problemas de trabajo; que se dedicaba al mundo de la prensa, y escribía una columna semanal en los periódicos de Mollet del Vallès, la ciudad donde Hurko residía en la actualidad.

Maialen, no recordaba ese momento desde hacía mucho tiempo. Pero estos momentos su cabeza daba vueltas como si fuera una noria. ¿Qué habría sido de él después de eso? No lo sabía, pero seguro, o por lo menos esperaba, que Hurko hubiera  sido feliz.
Maialen observaba a través de las ventanas como la nieve que tapiaba su puerta, se deshacía lentamente, ya sólo quedaban unos metros de nieve y hielo. Ojalá se deshicieran rápido.

jueves, 15 de mayo de 2014

La televisión.

De cualquier sitio venimos,
y todos frente a ella sentados
coincidimos. 

A veces, sin quererlo, 
con algunos programas y series
dormimos.

¿Y qué esperan las cadenas?
¿Qué aguantemos todo el día?
Esas publcidades eternas, 
o esas repeticiones continuas.

En el fondo nos gusta.
Pasarnos horas y horas si ver nada,
aunque solo fueran anuncios,
la veríamos de todas formas.

Aunque siempre 
viéramos el mismo capítulo,
una y otra vez,
seamos realistas:
No la dejaríamos de ver. 

Por algo decimos que hay crisis 
y que hay que ahorrar,
pero es el único aparato,
que jamás veremos apagar.
Porque en el fondo entretiene,
del más común
al más singular.

miércoles, 7 de mayo de 2014

El aliento.

Un soplido, una manera de vivir, 
un suspiro, 
que nos hace estar aquí.

Si alguien no lo tiene en cuenta,
y lo deja de usar,
podría incluso morir.

Esperemos que eso no ocurra
y que todos sigamos aquí,
dando guerra como siempre,
y con nuestras ganas de sobrevivir.

martes, 15 de abril de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 6)

Capítulo 6


El reloj marcaba las cinco y media de la madrugada. Maialen, se mecía lentamente. Se colocaba el albornoz, y tragaba saliva. Observaba fríamente la chimenea, recordaba como por las noches sus hijos se rodeaban en torno a la chimenea de su casa para asar nubes. Unax siempre los traía palos para asarlas, se pasaba mucho tiempo buscándolos por el monte en busca de algunos que estuvieran en unas condiciones higiénicas, o por lo menos, sin hongos por la humedad. Maialen mientras tanto, cocinaba algo que sabía por experiencia que ninguno se acabaría, por eso no se molestaba en cocinar mucho; simplemente hacía una tortilla, una sopa, alguna vez Marmitako o hacía algún filete.
Maialen también observaba con atención el suelo de la cabaña. Un suelo de madera, viejo, desgastado, magullado y no muy limpio. Parecía que estaba mirando el suelo del porche de su casa; era muy parecido, cuando nevaba en invierno se ponía a crujir todas las noches; y cuando llegaba el verano, chirriaba las veinticuatro horas del día. Por las noches, a Maialen la gustaba salir a aquel porche descalza, a respirar aire puro y a oler las flores del naranjo que tanto la gustaban. Su marido, odiaba que ella saliera por las noches, pues Maialen se tiraba después, más de una semana resfriada. Pero para ella, esa escapada era bastante, la daba igual la consecuencia.
Pero lo que más observaba era una vela que había al lado de su cama. Sus hijos siempre apagaban las velas que ella ponía cuando eran pequeños. Les daba por soplar y soplar al estilo lobo feroz, y enseguida toda la casa se quedaba sin velas encendidas. Eso enfadaba mucho a Unax que siempre repetía la misma frase para Maialen: “¡No las enciendas más! Pero Maialen nunca le hacía caso, y siempre las volvía a prender, con el mismo fin que antes, acabar apagadas por soplidos infantiles. Maialen parecía oír aún el soplo de los niños, sentía que su pelo se movía al ritmo de ese airecillo.
Maialen miraba el bajo de la manta, estaba manchado de barro y agua. Sus hijos siempre venían llenos de barro a la hora de comer, ellos se tiraban todo el día jugando por los bosques y las praderas, metiéndose en charcos de barro y agua toda la jornada. Maialen les vestía con pantalones pesqueros con tirantes, una camisa y unos zapatos acompañados de unos calcetines altos. Sim embargo, para la niña prefería una faldita estampada con una camisa en la parte de arriba y unos zapatitos a conjunto con una chaquetita. Siempre iban muy con juntaditos, pero después de tanto juego, toda la vestimenta se estropeaba y Maialen tardaba horas en conseguir sacar las manchas de las camisas blancas y de los zapatos. Unax la repetía, que si los niños se manchaban, tendrían que aprender a limpiar su ropa ellos mismos. Pero Maialen no iba a dejar que sus niños con menos de 9 años de edad, limpiaran su propia ropa. A veces, Unax era muy estricto; pero otras veces, era ella la permisiva, que les dejaba hacer de todo. Unax de vez en cuando los castigaba por hacerla trabajar tanto y no les dejaba jugar en varios días. Maialen le decía que no les castigara tanto, que los dejara jugar que eran jóvenes y que tenían que disfrutar de la vida. Unax se resignaba y cogía el periódico para revisar la última hora.
Maialen observaba las ventanas medio tapiadas con nieve. Sentía frío. Pero aquella escena la recordaba a sus mañanas de frío en su pueblo junto a sus hijos, esperando a que Unax trajera unos dulces mañaneros, que sentaban tan bien con un caso se leche fresca. Los hijos de Maialen preparaban unas galletitas con la ayuda de ella, para darle un sorpresa a su padre. Y todos juntos comían alrededor de la chimenea.

sábado, 12 de abril de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo5)

Capítulo 5


El reloj marcaba las cinco de la madrugada. Maialen resoplaba con el único aire que quedaba en sus pulmones. Su pierna parecía quebrarse muy lentamente. Y su cerebro empezaba a dormirse muy lentamente. Pero Maialen no se rendía fácilmente, y ella misma recordaba momentos para que su cerebro no muriera antes de lo previsto. Agarraba con fuerza el reposabrazos, como si fuera su propia vida; y con la otra mano se rascaba la oreja y se colocada la manta. Sus ojos se movían rápidamente, parecía buscar algo, de repente su mirada se clavó en una noticia de periódico que había encima de la chimenea. La observó durante un rato, sin apartar la vista de ese pedazo de papel desgastado. Sus párpados se movían una y otra vez, para humedecer sus ojos marcados por marcas de la vejez. Sus pupilas se marcaban de palabras, palabras que la hacían remover su juventud. Palabras como: guateque. Recordaba cuando iba a esos guateques que formaban sus vecinos en la plaza del pueblo. Bailaban hasta las doce, y luego se iban a cenar todos juntos al mejor restaurante de toda la ciudad. Aquella noticia la llevaba hasta sus años de juventud, donde todo la importaba poco, donde jamás iba a volver. Esa noticia narraba prácticamente esa época de su vida, por eso precisamente la guardaba; era la única noticia, el único recuerdo, de aquella época después de que aquella inundación machacara viejos recuerdos. Otros, guardados en el entresuelo por falta de espacio quedaron intactos, pero otros agonizaron lentamente hasta convertirse en cenizas de papel entre las olas.
La noticia contaba la historia de un pueblo unido por las fiestas del mismo. Contaba cómo se iban a vivir las fiestas del pueblo en 1958; qué actividades habría y cómo se parecían a las del año anterior. Para Maialen era muy importante ese recorte de periódico, lo cuidaba bastante; pero con tanta mudanza se había desgastado, y cada vez estaba más roto. En la foto que acompañaba la noticia, se mostraba una Maialen joven, espléndida, sin una arruga, y muy bien vestida. Esa foto era otro de los motivos por el cual ese recorte de papel permanecía aún en manos de Maialen. Salía junto a su entonces novio, Gaskon, un chico simpático y extrovertido. La foto tenía en primer plano a la pareja, sonriente, y muy simpáticos con la cámara, uno junto a otro; y de fondo una caseta de las ferias del pueblo muy decorada. A su madre no la gustó nada aquella foto, ella no sabía que Maialen tenía novio, y se enfadó bastante. Pero ahí estaba Rocío para animarla como siempre; la reconfortó y la dijo que no se preocupara que siguiera con Gaskon. En el fondo de la foto también se veía a Ayala, una de las amigas de Maialen, salía también con su novio Kayet, pero mucho más acaramelados que Maialen y Gaskon, salían dándose un beso, pero no se los veía mucho; para suerte de Ayala, pues su madre tampoco sabía lo de Kayet y probablemente hubiera reaccionado igual o peor que la madre de Maialen.
Además la encantaba el pie de foto: “Una pareja feliz nos muestra que no hay edad para vivir una buena fiesta.” La venía bien leer esa frase de vez en cuando para recordarse a sí misma, que incluso a su edad se podía vivir un buen guateque.
Meses después de aquella foto, ambas amigas lo dejaron con sus respectivos novios, y se fueron a vivir unos meses a Barcelona para acabar allí los estudios y olvidar un poco el pasado. Allí, conocieron a dos chicos jóvenes, más o menos de su edad; Hurko se convirtió en el novio de Maialen y Nikola en el de Ayala. Tras 5 meses en Barcelona, Maialen y Ayala se mudaron de nuevo a su pueblo vasco para trabajar allí y labrarse su futuro. Con esta nueva mudanza también acabaron las relaciones amorosas. Lo último que Maialen sabía de Hurko era que se había mudado a los 30 años de edad a Castellón para trabajar en una empresa de coches. Y de Nikola, ni Ayala ni ella habían vuelto a tener noticia desde aquel momento.

Al mover la pierna.

Al mover la pierna,
doy un paso.
Al mover la pierna,
otro escalón traspaso.
Al mover la pierna,
funciona mi bicicleta.
Al mover la pierna,
se me escapa la chancleta.
Al mover la pierna,
doy un paseo.
Al mover la pierna,
 más paisaje veo.

sábado, 5 de abril de 2014

Dando la vuelta al mundo.

Desde China a Japón,
pasando por Corea;
y de Brasil a Guatemala,
atravesando Ecuador,
doy la vuelta al mundo,
solo yo. 

Me desplazo hasta EEUU,
me muevo hasta donde ataca el monzón.
Atravieso Europa,
y viajo en avión,
 para visitar miles de países,
 y descubrir su color.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 4)



Capítulo 4
El reloj marcaba las cuatro y media de la madrugada. Maialen esperaba un soplo de suerte. Nunca había tenido mucha fe, pero sabía que había algo allí arriba que la protegería del dolor. Sus hijos tardarían todavía bastante en llegar, esperaba un milagro. Sentía bombear la sangre a través de sus venas frías. Se tapaba cada vez más con la sábana y se intentaba acurrucar todo lo que podía. Sentía frío, mucho frío. Esperaba que pronto saliera el Sol, pero quedaba bastante para eso. Respiraba profundo, lentamente, de una forma inquieta, como si estuviera con ansias de sentirse con libertad, sin nieve en la puerta, sin ataduras. Por un tablón suelto, entraba un hilillo de aire frío que chocaba contra los pies de Maialen. Se sentía incómoda, insegura; pero no conocía la razón. Maialen había tenido mucha firmeza, pero con el paso de los años, esta cualidad había mermado bastante. A veces se sentía muy frágil, como si fuera de cristal. Maialen se levantó de la mecedora y cogió un albornoz de felpa y se lo puso, pero no de una forma normal, se lo ató todo lo posible, hasta el límite. Después anduvo hasta su mesita de noche y abrió uno de los tres cajones que esta poseía. Sacó un pequeño libro de tapas color miel, y unas ciento cincuenta hojas. “El mundo roto” ponía en la portada, de Firri Niotus. Maialen agarró el libro como si la fuera la vida en ello. Lo soltó en la cama y se limitó a para hojas, sin ningún tipo de orden. Hasta que encontró una nota rota, vieja, totalmente dañada. La desdobló y leyó el contenido detenidamente: “Llegaste, te veía capaz de ello. Espero que lo hayas disfrutado. Te lo dije, te dije que llegarías. Que serías fuerte, que no te rendirías. Estoy orgullosa de ti. Estamos, mejor dicho. Sé feliz, disfruta lo que te quede y vive segundo a segundo, minuto a minuto. Nunca sabes cuándo puede ser el fin.”
 Maialen, soltó la nota. Y guardo el libro. Recordó las palabras que su abuela la dijo cuándo guardó aquella nota en ese libro. “Te vas haciendo mayor, y a mi edad, incluso a la tuya, hay que asegurarse bien de vivir la vida. Vamos a hacer una cosa. Yo escribiré una nota, y la guardaré en tu libro favorito. Cuando te sientas sola, léela. Te ayudará a sentir compañía, mi compañía. Espero que te ayude. Ten suerte en esta vida.” Días después su abuela falleció sin motivo aparente. Aquella nota la hacía viajar hasta ese recuerdo. La había leído muchas veces.
 Su abuela era especial para ella, junto a Rocío la cuidaba. Siempre la había prometido que estaría a su lado. Cuando tenía miedo por las noches, y su madre no estaba; Maialen pedía a Rocío que llamara a su abuela y esta la cantaba una canción a través del teléfono para que volviera a coger el sueño. Fuera la hora que fuera su abuela siempre cogía el teléfono, y la respondía con una voz muy dulce. Al llegar a casa después del colegio, su abuela llamaba siempre para saber qué tal la había ido el día, y cómo estaba. Para ella era muy importante. La contaba todo, y se lo repetía una y otra vez; pero a Mireia, su abuela, eso la daba igual. Maialen ya se lo podía contar ochenta mil veces que siempre la escuchaba atenta. Su madre, nunca se enteraba de nada, pero su abuela siempre conocía sus secretos más íntimos. Y con solo mirarla, ya sabían qué secretos había que ocultar y cuáles no. Su abuelo Josu, viajaba muy lejos por trabajo, se desplazaba por las costas italianas y las costas griegas. Siempre, cuando venía de visita, la regalaba juguetes. Traía bombones, y traía cajitas de madera y de cristal que envolvía con papeles de colores y contenían pequeños recuerdos de cada ciudad visitada. Maialen los ponía en la repisa de su ventana, y guardaba las cajitas en un gran baúl de aspecto viejo, hebillas desgastadas y esquinas levemente lijadas. Cuando Josu se iba a las ciudades, buscaba por todas las tiendas posibles regalos para Maialen e Irati. A ella siempre la traía muñecas, cestas de mimbre y juguetes de madera. Pero Irati también recibía regalos, cochecitos y robots de madera, y muñecos de aluminio. Sin embargo, los regalos de Irati no venían envueltos ni metiditos en cajas; los suyos, venían en paquetes de cartón, envueltos en papel color chocolate y atados con una cuerda. A veces, Josu traía pegatinas con códigos postales y sellos, que quedaban muy bien en el lateral de la estantería de Maialen. Su madre la reñía siempre por el mismo tema, pero ella pegaba en la estantería todas las pegatinas. Mireia nunca iba de viaje con Josu, quizás alguna vez en ocasiones especiales. Pero si no, se quedaba cuidando de los nietos. Ella cuidaba de Irati, porque la casa de los abuelos de Maialen se situaba en la zona en la que trabajaba él; y la casa de los padres de Maialen estaba a la otra punta de la ciudad. Cuando estaba a punto de morir, Mireia se fue a vivir con Maialen y su familia, y seguía cuidando de Maialen a pesar de soportar una enfermedad ósea muy grave.