Capítulo 7
El reloj marcaba las
seis y cuarto de la madrugada. Maialen se rascaba la nariz con fuerza, parecía
que la había picado algo. Poco probable, pero lo que no la pasara ya…
Maialen se acordaba en
esos momentos, de quién no se había acordado en mucho tiempo, su hermano Hurko.
Hurko siempre había sido el hermano desaparecido, al que sus padres mandaron a
estudiar a Barcelona y jamás le volvieron a ver. Sabía pocas cosas de él. Lo
básico. Apenas recordaba momentos de niñez. Cómo se subían a los árboles, cómo
escalaban las paredes de los vecinos… No sabía si se había casado, ni siquiera
si le había ido bien en los estudios.
Su hermano Hurko, era
siete años mayor que ella; los padres de Maialen decidieron mandarle con mucho
esfuerzo a Barcelona a estudiar para que se labrara un buen futuro. Pronto,
Hurko mandó una carta a los padres de Maialen en la que relataba que un
empresario le había ofrecido un puesto de ayudante en su empresa y que había
aceptado el trabajo. Nada más se supo de Hurko desde aquella carta. Sus padres,
estuvieron apenados mucho tiempo, pero tenían que cuidar de sus dos hijos
pequeños, nunca se volvió a tener en cuenta a Hurko.
Hace quince años en un
viaje de Maialen a Barcelona, Hurko se sentó al lado de ella en el tren. Ella
después de tantos años, lo reconoció por la marca de nacimiento que él tenía en
la barbilla, una mancha en forma de estrella. Maialen lo miró una y otra vez de
arriba abajo, asegurándose de que ese hombre que se había sentado a su lado era
su hermano. Extendió su mano, para tocar la de Hurko; pero, en ese mismo
instante, en esa misma milésima de segundo, cuando sus manos parecían tocarse,
Hurko se levantó de su asiento y salió del tren. Habían llegado a su destino.
Maialen sintió en ese momento, una sensación de fracaso. Le había tenido tan
cerca, y lo había dejado marchar. Salió por la puerta del tren tras coger la
maleta y buscó entre el tumulto de la estación a Hurko. Sin resultados. Ese hombre
mayor, con camisa de cuadros marrones y rojos, pantalones de pana oscuros,
zapatillas blancas y chaqueta gris, su hermano, parecía no haber estado allí
nunca.
¿Se habría arrepentido
Hurko de haber dejado a su familia? Maialen suponía que sí. ¿Pero, y si no? ¿Y
si se alegraba de haberse marchado? ¿Y si no la echaba de menos? Eran
demasiadas preguntas, con una sola respuesta: nunca se sabría. Únicamente lo
sabía Hurko, y Maialen no se podía meter en su cabeza.
Recordaba a aquel
hombre del tren, con barba de dos días y pelo largo desaliñado; rasgos
marcados, piel oscura y una pulsera de cuerda fina en la muñeca derecha.
Maialen, después de
aquel encuentro, intentó recabar el número de teléfono de Hurko sin resultados.
Tampoco tuvo suerte con la dirección. Lo único que consiguió descubrir fue que
Hurko estaba separado, y había tenido cuatro hijos. Lo sabía porque un hombre
que la vio correr detrás de él al salir del tren, se la acercó y la dijo:
-¿Conoce? Maialen mantuvo una conversación con él y descubrió que: Hurko, se
había casado hace muchos años y se había separado hacía unos cinco años; que
tenía cuatro hijos: Iker de dieciséis años, Amaia de catorce años y los
mellizos Nagore y Aitor de ocho años; que vivían con él, porque Naroa su mujer
vivía en Moscú por problemas de trabajo; que se dedicaba al mundo de la prensa,
y escribía una columna semanal en los periódicos de Mollet del Vallès, la
ciudad donde Hurko residía en la actualidad.
Maialen, no recordaba
ese momento desde hacía mucho tiempo. Pero estos momentos su cabeza daba
vueltas como si fuera una noria. ¿Qué habría sido de él después de eso? No lo
sabía, pero seguro, o por lo menos esperaba, que Hurko hubiera sido feliz.
Maialen observaba a
través de las ventanas como la nieve que tapiaba su puerta, se deshacía
lentamente, ya sólo quedaban unos metros de nieve y hielo. Ojalá se deshicieran
rápido.