miércoles, 19 de marzo de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 4)



Capítulo 4
El reloj marcaba las cuatro y media de la madrugada. Maialen esperaba un soplo de suerte. Nunca había tenido mucha fe, pero sabía que había algo allí arriba que la protegería del dolor. Sus hijos tardarían todavía bastante en llegar, esperaba un milagro. Sentía bombear la sangre a través de sus venas frías. Se tapaba cada vez más con la sábana y se intentaba acurrucar todo lo que podía. Sentía frío, mucho frío. Esperaba que pronto saliera el Sol, pero quedaba bastante para eso. Respiraba profundo, lentamente, de una forma inquieta, como si estuviera con ansias de sentirse con libertad, sin nieve en la puerta, sin ataduras. Por un tablón suelto, entraba un hilillo de aire frío que chocaba contra los pies de Maialen. Se sentía incómoda, insegura; pero no conocía la razón. Maialen había tenido mucha firmeza, pero con el paso de los años, esta cualidad había mermado bastante. A veces se sentía muy frágil, como si fuera de cristal. Maialen se levantó de la mecedora y cogió un albornoz de felpa y se lo puso, pero no de una forma normal, se lo ató todo lo posible, hasta el límite. Después anduvo hasta su mesita de noche y abrió uno de los tres cajones que esta poseía. Sacó un pequeño libro de tapas color miel, y unas ciento cincuenta hojas. “El mundo roto” ponía en la portada, de Firri Niotus. Maialen agarró el libro como si la fuera la vida en ello. Lo soltó en la cama y se limitó a para hojas, sin ningún tipo de orden. Hasta que encontró una nota rota, vieja, totalmente dañada. La desdobló y leyó el contenido detenidamente: “Llegaste, te veía capaz de ello. Espero que lo hayas disfrutado. Te lo dije, te dije que llegarías. Que serías fuerte, que no te rendirías. Estoy orgullosa de ti. Estamos, mejor dicho. Sé feliz, disfruta lo que te quede y vive segundo a segundo, minuto a minuto. Nunca sabes cuándo puede ser el fin.”
 Maialen, soltó la nota. Y guardo el libro. Recordó las palabras que su abuela la dijo cuándo guardó aquella nota en ese libro. “Te vas haciendo mayor, y a mi edad, incluso a la tuya, hay que asegurarse bien de vivir la vida. Vamos a hacer una cosa. Yo escribiré una nota, y la guardaré en tu libro favorito. Cuando te sientas sola, léela. Te ayudará a sentir compañía, mi compañía. Espero que te ayude. Ten suerte en esta vida.” Días después su abuela falleció sin motivo aparente. Aquella nota la hacía viajar hasta ese recuerdo. La había leído muchas veces.
 Su abuela era especial para ella, junto a Rocío la cuidaba. Siempre la había prometido que estaría a su lado. Cuando tenía miedo por las noches, y su madre no estaba; Maialen pedía a Rocío que llamara a su abuela y esta la cantaba una canción a través del teléfono para que volviera a coger el sueño. Fuera la hora que fuera su abuela siempre cogía el teléfono, y la respondía con una voz muy dulce. Al llegar a casa después del colegio, su abuela llamaba siempre para saber qué tal la había ido el día, y cómo estaba. Para ella era muy importante. La contaba todo, y se lo repetía una y otra vez; pero a Mireia, su abuela, eso la daba igual. Maialen ya se lo podía contar ochenta mil veces que siempre la escuchaba atenta. Su madre, nunca se enteraba de nada, pero su abuela siempre conocía sus secretos más íntimos. Y con solo mirarla, ya sabían qué secretos había que ocultar y cuáles no. Su abuelo Josu, viajaba muy lejos por trabajo, se desplazaba por las costas italianas y las costas griegas. Siempre, cuando venía de visita, la regalaba juguetes. Traía bombones, y traía cajitas de madera y de cristal que envolvía con papeles de colores y contenían pequeños recuerdos de cada ciudad visitada. Maialen los ponía en la repisa de su ventana, y guardaba las cajitas en un gran baúl de aspecto viejo, hebillas desgastadas y esquinas levemente lijadas. Cuando Josu se iba a las ciudades, buscaba por todas las tiendas posibles regalos para Maialen e Irati. A ella siempre la traía muñecas, cestas de mimbre y juguetes de madera. Pero Irati también recibía regalos, cochecitos y robots de madera, y muñecos de aluminio. Sin embargo, los regalos de Irati no venían envueltos ni metiditos en cajas; los suyos, venían en paquetes de cartón, envueltos en papel color chocolate y atados con una cuerda. A veces, Josu traía pegatinas con códigos postales y sellos, que quedaban muy bien en el lateral de la estantería de Maialen. Su madre la reñía siempre por el mismo tema, pero ella pegaba en la estantería todas las pegatinas. Mireia nunca iba de viaje con Josu, quizás alguna vez en ocasiones especiales. Pero si no, se quedaba cuidando de los nietos. Ella cuidaba de Irati, porque la casa de los abuelos de Maialen se situaba en la zona en la que trabajaba él; y la casa de los padres de Maialen estaba a la otra punta de la ciudad. Cuando estaba a punto de morir, Mireia se fue a vivir con Maialen y su familia, y seguía cuidando de Maialen a pesar de soportar una enfermedad ósea muy grave.

sábado, 15 de marzo de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 3)

Capítulo 3
El reloj marcaba las cuatro y cuarto de la madrugada. La noche se hacía cada vez más oscura, más eterna. Las estrellas acompañaban a Maialen en aquella noche fría. La nieve que cubría y tapiaba su puerta, empezaba a derretirse muy lentamente. No sabía cuánto la quedaba, quizás minutos, quizás horas…
Maialen se levantó de la mecedora tapizaba con cuero, y se dirigió hasta la despensa de comida. Sacó una botella de agua medio congelada y una bolsita de aluminio donde escondía unas almendras y unas cuantas nueces. Las soltó en una mesita de madera oscura que había al lado de la mecedora y se sentó de nuevo en ella. Bebía despacio, muy despacio. Apenas se mojaba los labios cada vez que tomaba el agua. Sin embargo, comía los frutos secos con ansia, no sabía porque pero tenía hambre. Quizás por lo que la iba a pasar de un momento a otro. Lógicamente nunca había estado en una situación tan crítica. Su comida preferida siempre había sido el Marmitako, la encantaba llegar a casa de pequeña y oler ese aroma a guiso casero. Su madre la ponía un plato enorme, hasta arriba. Su hermano siempre se quejaba porque a él le ponían menos pero, como era el mayor, su madre siempre tiraba a favor de Maialen.
La relación con su madre había sido dura. Ella se casó relativamente tarde, y su madre no lo aceptaba. Su padre murió cuando Maialen era una niña, con apenas 10 años. Por eso su madre, había sido tan estricta con su educación, Maialen fue a los mejores colegios de monjas que su madre se podía permitir. Su hermano no tuvo tanta suerte, y a los dieciséis empezó a trabajar repartiendo prensa para traer dinero a casa. Su madre limpiaba las casas de la gente adinerada de la ciudad, y cuando Maialen volvía del colegio, esperaba a que su madre llegará del trabajo, acompañada por su cuidadora Rocío, una onubense que vino a cuidar a Maialen cuando todavía era una niña de apenas 3 años. Rocío era una chica joven, de unos veinte años o un poco más; no tenía estudios, pero a los padres Maialen les pareció bien que una persona honrada cuidara de su hija. Rocío era interna, y para Maialen era como su madre. Ella la cuidaba, la daba de desayunar, la vestía por las mañanas, la combinaba el uniforme con los zapatos, la hacía las trenzas y las coletas… Rocío, no hablaba euskera pero había aprendido un poco, de cuando hablaba con Maialen, pero no lo entendía muy bien. Maialen recordaba con cariño a Rocío y las charlas que mantenía con ella, sus anécdotas con el euskera cuando iba al mercado, y sus aventuras cuando ella iba al colegio. La fascinaban esas historias. Cuando Rocío se marchó de su casa, Maialen la abandonó también pues tenía que casarse, para ella Rocío no era solo una cuidadora, también era su mejor amiga.
Su madre jamás entendió su amistad, siempre decía que era imposible, que pasaban mucho tiempo juntas, pero para ellas era normal estar solas todo el tiempo. Su hermano no tenía cuidadora porque era más a mayor y no quería que nadie le controlara. Rocío no tenía familia, tan solo un hermano en Huelva llamado Rodrigo que tenía un par de años menos que ella, le mandaba dinero de vez en cuando, él estaba internado en un centro de integración de menores. Rocío era distinta a todas las de su edad, era muy madura y muy responsable y la trataba muy bien. Cuando Maialen se caía jugando, Rocío la bajaba los calcetines altos y la curaba cantándole una canción: “Sana, sanita, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana.” Y terminaba dándola un beso en la herida. Para ella era especial, con esa canción la herida la dejaba de doler. Rocío vivió su juventud, su adolescencia, sus rabietas, y sus rebeldías, pero siempre lo hacía con una sonrisa, lo aguantaba todo, sin quejarse ni un segundo, la pagaban por ella, pero Maialen siempre creía que para ella cobrar era lo menos importante que la quería, que la tenía cariño.
Recordaba una mañana de junio, no sabía de qué año. Rocío la llevó a una charca que había al lado de su ciudad, y se pasaron allí todo el día. Fue genial. Maialen lo recordaba nítidamente. Merendaron bollos de azúcar y miel. Y comieron, gachas de trigo y zumo de naranja. Se lo pasaron muy bien. Jugaron con unas raquetas viejas que llevo Rocío, y con unas pelotas como de tenis, pero no se parecían nada a las que hay ahora. Jamás olvidará aquel día.
Rocío la dejaba salir a jugar con sus amigas cuando no estaba su madre, y la controlaba para que no hiciera tonterías. Se preocupaba por ella. Recordaba que en la merienda, Rocía la daba un bocadillo con chocolate, un vaso de leche y la sentaba frente una radio vieja, en la que apenas se oían palabras entrecortadas. Ella mientras, ordenaba la cocina y preparaba la cama de Maialen para que se fuera pronto a dormir. Cuando la llevaba al colegio, la vestía sin prisas, la peinaba muy lentamente y la llevaba en bicicleta. La daba la cartera roja y la daba un beso en la mejilla, Maialen nunca quería que ella se fuera, pero Rocío la juraba que volvería pronto a recogerla. Y siempre lo cumplía. Cuando Maialen salía corriendo de la escuela, ella la esperaba puntual en la misma puerta. Y por las noches, la contaba un cuento, el que Maialen prefería, y se sentaba en un taburete al lado de su cama, y lo relataba; pero no de una forma normal, no, parecía que estabas dentro del libro cada vez que lo leía, después la arropaba hasta arriba y cerraba despacio la puerta.
También se acordaba de cuando hablaba con Rocío. Ella se mostraba muy cariñosa con Maialen, como si fuera su propia hija. La subía sobre sus piernas y la contaba miles de historias fantasiosas que Maialen se creía, y se reían mucho juntas. Recordaban muchos de los momentos que habían pasado juntas. Recuerda el día que se fue de casa, lloró mucho. Para ella, se iba algo más que una cuidadora. La iba a echar mucho de menos, todavía la echaba de menos. Siempre tuvo fotos suyas en casa, y a veces hablaban por teléfono. Pero hace unos años, Rocío llamó para despedirse de su “niña”, contaba que tenía una enfermedad grave y que en un par de horas moriría. A las tres horas, Rocío fallecía. Maialen que se enteró por sus hijos, bajó hasta la ciudad y despidió a su amiga. En el entierro, los hijos de Rocío hablaron con Maialen y la dijeron que para su madre, ella siempre había sido muy importante, y que lo último en decir antes de morir había sido “Maialen”. También la dijeron que su madre tenía una gran foto suya en el salón junto a Maialen, y que pidió que la enterraran con una foto de Maialen, su niña eterna. Los hijos de Rocío, la entregaron dos fotos, una de ella misma, para que introdujera en el ataúd; y otra, de Rocío, una de las últimas voluntades de Rocío había dio que la dieran esa foto para que siempre estuviera presente en su vida, y la siguiera cuidando. Desde aquel entonces Maialen, la tiene enmarcada y colocada en uno de los lados sobre la chimenea, para enerla siempre presente.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 2)

Capítulo 2
El reloj marcaba las cuatro. Maialen se levantó, cogió unas sábanas de color gris que tenía metidas en un armario de madera de abeto rojo y se envolvió con ellas todo el cuerpo. Tenía frío, y en la chimenea ya no quedaba más madera con la que prender. Pero no podía salir afuera, estaba oscura y además, estaba totalmente aislada pues la puerta estaba tapiada con nieve. Se la habían acabado todas las reservas que había guardado para la semana. Se retorcía en la mecedora y recordaba momentos en los que la hubiera gustado cambiar las cosas.
En la boda de su hermano la hubiera gustado no beber tanto, según la habían comentado daba vergüenza ajena. Se subió a las mesas y junto a su suegro bailó una jota, que más bien tiraba a chotis. Sus primos estuvieron sin hablarla meses y meses, hasta que se les pasó el enfado. Al día siguiente, Maialen despertó en el salón del banquete con un vestido rojo, y con unos zapatos de charol negro, con el pelo alborotado y con chorros de alcohol a su alrededor. ¡Qué vergüenza! La calló una buena bronca al llegar casa, la costó recobrar la normalidad en el hogar familiar.
Hubiera querido estar presente en el bautizo de su sobrino Giorgio, pero tenía que cuidar de su madre que estaba a punto de morir. Quién la iba a decir a ella que diecisiete años después de aquello iba a estar en su misma situación. Incluso peor. Su madre por lo menos la tenía a ella, pero ella, a quién tenía. Sus hijos no llegarían a tiempo, no tenía marido, ni más familia cercana.
La hubiera gustado haberse comprado aquel vestido tan bonito azul marino que vio por primera vez el día que fue con sus hijos a Denia. Costaba mucho dinero y ahora se arrepentía de no habérselo gastado. Ese tono de azul resaltaba los encajes y bordados que se repetían por el lateral del vestido. Esas mangas de gasa, y esa sobre manga falsa de seda lo hacían especial. Se lo hubiera puesto muchas veces, millones. La gustaba tanto que hasta lo llevaría para limpiar la casa, pero en aquel entonces, era o el vestido o comer. Y estaba claro que era lo más importante para ella. Pero ese vestido, ese vestido era especial. Jamás la había gustado tanto un vestido. El corsé en el que acababa el cuerpo del vestido era casi negro, pero se notaba el toque azul marino. Con cuerdas en color marfil que hacían resaltar la espalda y bajos en color negro que resaltaban el largo del vestido. Nunca podría ser suyo y ahora a esa edad menos todavía. Por ella habían pasado más años de la cuenta, todo lo que había sufrido… ella era una mujer sana, nunca había fumado, y bebía bastante poco, no había salido mucho, ni tampoco se había peleado nunca. Una mujer tranquila, sí señor.
La noche que fue a la fiesta de antiguas alumnas del Monasterio de San Jonás, donde ella había estudiado, la hubiera encantado ponerse ese vestido y deslumbrar a todas sus compañeras. Sim embargo, apareció con un traje de pantalón y chaqueta azul turquesa, era lo único que se podía permitir. Y eso juntado con que Unax iba con un chaqué de color gris, pero con un toque amarillento y una corbata de cuadritos rojos y blancos; era toda una catástrofe. Todas sus compañeras iban de punta en blanco, con sus maridos perfectos, parecían un anuncio de la televisión. La habría gustado tanto deslumbrarlas aquella noche. Mostrarlas de lo que era capaz, que no la había ido tan mal en la vida. Vale, su marido no era gran cosa, pero para ella era maravilloso. Aquellos maridos parecían maniquíes con sus trajes conjuntados y sus corbatas perfectas. Sin rechistar ni un momento a sus respectiva esposas y casi sin moverse del sitio. Ellos parecían ser los únicos vivos en la fiesta pues las mujeres tampoco se movían mucho por la pista. Se limitaban a soltar sonrisillas y carcajadas al viento con un claro motivo: sus estilismos baratos. Como se notaba que ellos no tenían gatos: unas eran jefas de grandes empresas, otras se limitaban a hacerle la pelota al jefe y a otras sus papaítos las costeaban todos sus caprichos. En fin, habían sido la comidilla de toda la fiesta.
La hubiera gustado perfeccionar tantas cosas… tantos momentos fallidos de su vida… tantos recuerdos malos que convertir en buenos… tantos cambios… que pena que no pueda hacerlo, se estaba a punto de morir y eso ya era poco probable. Ella siempre les enseñó a sus hijos que las cosas no eran eternas, que siempre se podían cambiar. Que nada era para siempre, que todo tenía otro camino. Y ella era la primera que no cumplía eso, no había cambiado nada aunque había sido siempre una visionaria. De pequeña era la que quería cambiar el mundo, la que quería ser importante. Y sin embargo, no había hecho nada de eso, se dedicaba a cuidar de su familia. Quién sabe, podría haber sido alguien muy importante, pero jamás lo sabría. Ya era tarde. No podía solucionar nada, se estaba quedando sin fuerzas. Y pensar en lo qué podía haber sido y nunca fue. La habían inculcado unos valores que pocas veces hacía presentes en su vida diaria. Jamás se había revelado contra nada, ni contra la mayor injusticia. Eran momentos difíciles en aquella época y ella no era la más indicada para protestar sobre ciertas cosas. Aunque en algunos momentos la hubiera gustado revelarse contra ciertos temas. Pero fue incapaz por la situación en la que se encontraba. Si hubiera tenido medios… Quizás no había sido la mejor en ese tema, pero estaba segura de que no había decepcionado a nadie, como no tenían antiguas referencias… sus hijos nunca la habían criticado, jamás habían tenido una palabra mala sobre ella, por supuesto que a veces no habían estado de acuerdo con sus decisiones pero de una forma u otra las habían respetado.

lunes, 10 de marzo de 2014

Recuerdos en el último aliento.(Capítulo 1)

                                                                             Capítulo 1
La llama de la chimenea prendía el último pedazo de madera que quedaba sin quemar en el fondo. Los cristales de las ventanas retumbaban, y la puerta se movía por el marco rápidamente. Tan solo se oía claramente el balanceo lento de la mecedora vieja y oscura; en la que permanecía sentada una mujer aparentemente mayor, de unos setenta y ocho años. Su cara, pálida y llena de marcas de la vejez, mostraba preocupación, y sus pupilas, llenas de fuerza temblaban por el globo ocular. Normalmente no esperaba visita. Pero era un día especial, no por buenas noticias precisamente. Hacía unos meses, siete más o menos, que arrastraba una enfermedad de garganta; los médicos la habían dicho que moriría y ella notaba que sus fuerzas se agotaban por momentos.
Había avisado a sus hijos. Ellos vivían muy lejos, a unos mil kilómetros de allí. Tardarían una eternidad. Pero a ella, siempre la había gustado la montaña; y cuando se quedó viuda se mudó a la montaña más alejada de cualquier lugar habitado. Quería paz. No venían mucho a visitarla, una o dos veces cada tres meses. A penas había conocido a sus nietos, tenía tres: Quique, Yolanda y Martina. Quique y Yolanda, los mayores, eran de su hijo Unai y su mujer Mirian, tenían quince y trece años. Martina, la pequeña, era fruto del matrimonio de su hija Iraia y su marido Daniel, tenía seis años, sin duda era su preferida. Una niña risueña y con una vida interior increíble, cada vez que venía a verla, la traía noticias frescas de la ciudad, era como un telediario, pero mucho más interesante. Un telediario no trae esa sonría mellada tan particular. La campana del reloj marcaba las tres y media de la mañana, pero ella no podía dormir. Sabía que moriría, y normalmente cuando una persona sabía con certeza como ella que iba a morir, lo que menos quería era mantenerse despierta. Pero para, Maialen Eskubizarre, era la única forma de encararse a su único miedo: la muerte. Hacía unas horas que su puerta se encontraba tapiada por un montón de nieve, su única forma de mantenerse con vida las pocas horas que la quedaban. 
No había tenido suerte en la vida, y no creía que sin ton ni son la vida en el último momento, la daría una segunda oportunidad. Sus hijos no llegarían a tiempo, y se la encontrarían sin vida en la mecedora, a la luz y el calor de la chimenea. Sabía que sería así. Cuando perdió a su novio de juventud, su primer amor, pensó que su vida acababa. Quién la iba a decir a ella que llegaría tan lejos. Años más tardes, conoció a Unax aquella noche de luna llena en la que su madre la dejó por primera vez salir sin su hermano mayor Irati. Unax, nació en Baracaldo como ella, pero era tres años más mayor. Con apenas veintiuno y veinticuatro años se casaron en una pequeña iglesia de Bilbao.Tuvieron a su primer hijo, con treinta años. Y a su hija pequeña, con treinta y cinco. Fueron abuelos pronto, cuando Unai tuvo a Quique.
Meses después de aquello, Unax se puso muy enfermo por una enfermedad en el riñón, y murió después de luchar contra la enfermedad casi un año. A los 64 años de edad, Maialen se encontraba viuda. Después de esto, Maialen viajó hasta Guipúzcoa para visitar a su hermano Irati, que acababa de tener un hijo, Alain. Se quedó varios meses con él, hasta que su mujer, Ohiana, enfermó y Maialen tuvo que volver a Baracaldo para trabajar y ayudar a su hermano en la economía. Trabajó en una empresa de ferrocarriles en la estación general de Baracaldo. La pagaban poco y trabajaba muchas horas, pero sin formación solo la cogían aquí. Mandaba trescientos euros al mes para su hermano, y se quedaba con otros trescientos para poder vivir. A los dos años, la mujer de Irati, murió. Y Maialen decidió mudarse a las montañas, sin el apoyo de sus hijos que la presionaban para quedarse en la ciudad.
Durante mucho tiempo, Maialen estuvo viajando todos los meses hasta la ciudad, pero por costes y problemas diversos hacía siete años que no pisaba una carretera. A veces, salía afuera y se dirigía a la estación de esquí a por un tazón de leche caliente, o a por unas gachas. El resto de comida se la traían sus hijos cuando venían de visita y la conservaba en un cobertizo lleno de nieve helada que ella tenía en la parte trasera de la cabaña. A veces, se entretenía mirando la nieve, y como los niños jugaban con ella. Recordaba su niñez. Cuando ella tenía apenas ocho años y corría a tirarse en la nieve y hacer ángeles. Siempre llegaba con manchas de agua en el abrigo, y su madre, la reñía lo metía en un barreño con jabón. “El agua no mancha” decía siempre Maialen. Recordar aquello la hacía sonreír una y otra vez. Había sido su infancia, y ella se estaba perdiendo la de sus seres queridos. La gustaría saber si a Martina la gustaba jugar en la nieve como a ella cuando tenía su edad. Saber si Quique ya se había echado novia, o si Yolanda sacaba buenas notas. Se había perdido tantas cosas… y todo por estar tranquila, sin preocupaciones.
Cuando iba a la estación de esquí, escuchaba las conversaciones que tenían la gente que tomaba algo en aquella cafetería. Sabía que la economía no andaba bien, que estaba la gente que trinaba pero ella era totalmente ajena a aquello. No vivía en sociedad, sino en soledad. A veces sentía que ni siquiera había gente en el mundo, que estaba sola.
Cuando cerraba la estación de esquí los lunes, se sentía más sola que nunca. Prendía un poco de lumbre cuando podía y se resignaba en la mecedora. Algún día especial daba paseos por la cabaña, pero no era habitual. Los días normales, se despertaba muy temprano, a cosa de las siete de la mañana. No hacía nada, pero era su forma de mantener el ritmo. Desayunaba algún cereal con leche, o a veces iba a por churros. Después se sentaba en la mecedora y se ponía una bufanda marrón vieja que la regaló por su cumpleaños el personal de la cafetería que tanto cariño la tenía. Encendía una vela casi gastada y se mecía lentamente esperando a que se hiciera la noche. Los martes era distinto, tenía ganas de bajar a la cafetería, había uno de sus platos favoritos en el menú, como buena vasca la encantaba comer Marmitako. Costaba unos siete euros, junto una bebida y pan. Pero para ella no tenía precio comer ese delicioso guiso de su tierra. Ese día además, veía su programa favorito en la televisión: “Hoy”. Un programa que emitía la cadena que nadie veía, pero que para ella era su salvación. Su forma de escapar de aquella soledad, que tanto daño la hacía. Ella así lo había decidido. A veces se arrepentía, otras se alegraba de no incluirse en la sociedad, y mantenerse al margen de todos los lujos que estropearían sus valores, o eso pensaba ella. Vivía sin móviles, sin ordenadores por supuesto, sin televisión, sin radio, únicamente, de vez en cuando se llevaba un periódico y lo leía una y otra vez sin importarla la fecha de la que era. Recortaba algunas fotos de reportajes interesantes y las colgaba encima de la chimenea, eran como cuadros. También tenía varias fotos de sus nietos y sus hijos por la cabaña. Y encima de la chimenea en el centro, una foto enorme de Martina sonriendo. Era el mejor sitio para ponerla, al fin y al cabo se tiraba mirando hacia allí todo el día. Tenía sus dientes de leche caídos metiditos en una cajita de madera, supuestamente venía el Ratoncito Pérez a por ellos, y cuando venía a por la recompensa, ella siempre la daba una chocolatina con almendras. Su madre hacía lo mismo cuando vivían en Baracaldo, cuando Maialen de pequeña le daba un diente a su madre que se la acababa de caer, esta la daba una galleta de nueces, era su postre favorito.
Cuando tenía ganas de ejercitar las piernas por el inicio de Artritis que poseía, se levantaba de la mecedora, se ponía la gabardina, los guantes, la bufanda, se hacía un moño y se ponía el gorro, salía de la cabaña y caminaba hasta unos banquitos medio congelados que había a unos metritos de la cabaña y comía un cachito de pan que llevaba en el bolsillo de la gabardina. A los veinte minutos, volvía a la cabaña y se ponía las zapatillas verdes de terciopelo que tanto la gustaban. Se envolvía en mantas y dormía hasta que llegaba el día siguiente.

domingo, 9 de marzo de 2014

Futuro.

Dicen que en el futuro,
volaremos por el mundo,
en naves espaciales.
Dicen que vestiremos,
con vestiditos de plata,
y pantalones de alumnio.
Que no exitirá la gasolina,
y los cohes por electricidad,
se moverán.
Ahora de momento,
no estamos ni mucho menos,
en esa situación,
habrá que aprender a pilotar,
y a conjuntar menos la ropa,
porque dentro de unos añitos,
habrá que hacer otras cosas.

sábado, 1 de marzo de 2014

Carnavalito.

Ayer en mi tierra, 
cobró vida la fiesta, 
más célebre del lugar. 
Estaremos cinco días festejando El Carnaval.

El Domingo habrá que desfilar,
disfrutar,
hacer los trajes brillar.
Carrozas y comparsas,
nuestras calles harán resaltar.

Es la fiesta más alegre y desenfadada,
de la Tierra.
Colores, música, bailes...
invaden nuestra calles moralas.

El miércoles habrá que decirle adiós,
pero de momento El Carnaval llegó.

¡FELIZ CARNAVAL A TODOS!