El reloj marcaba las cinco y media de la madrugada. Maialen, se mecía
lentamente. Se colocaba el albornoz, y tragaba saliva. Observaba fríamente la
chimenea, recordaba como por las noches sus hijos se rodeaban en torno a la
chimenea de su casa para asar nubes. Unax siempre los traía palos para asarlas,
se pasaba mucho tiempo buscándolos por el monte en busca de algunos que estuvieran
en unas condiciones higiénicas, o por lo menos, sin hongos por la humedad.
Maialen mientras tanto, cocinaba algo que sabía por experiencia que ninguno se
acabaría, por eso no se molestaba en cocinar mucho; simplemente hacía una
tortilla, una sopa, alguna vez Marmitako o hacía algún filete.
Maialen también observaba con atención el suelo de la cabaña. Un suelo de
madera, viejo, desgastado, magullado y no muy limpio. Parecía que estaba
mirando el suelo del porche de su casa; era muy parecido, cuando nevaba en
invierno se ponía a crujir todas las noches; y cuando llegaba el verano,
chirriaba las veinticuatro horas del día. Por las noches, a Maialen la gustaba
salir a aquel porche descalza, a respirar aire puro y a oler las flores del
naranjo que tanto la gustaban. Su marido, odiaba que ella saliera por las
noches, pues Maialen se tiraba después, más de una semana resfriada. Pero para
ella, esa escapada era bastante, la daba igual la consecuencia.
Pero lo que más observaba era una vela que había al lado de su cama. Sus
hijos siempre apagaban las velas que ella ponía cuando eran pequeños. Les daba
por soplar y soplar al estilo lobo feroz, y enseguida toda la casa se quedaba
sin velas encendidas. Eso enfadaba mucho a Unax que siempre repetía la misma
frase para Maialen: “¡No las enciendas más! Pero Maialen nunca le hacía caso, y
siempre las volvía a prender, con el mismo fin que antes, acabar apagadas por
soplidos infantiles. Maialen parecía oír aún el soplo de los niños, sentía que
su pelo se movía al ritmo de ese airecillo.
Maialen miraba el bajo de la manta, estaba manchado de barro y agua. Sus
hijos siempre venían llenos de barro a la hora de comer, ellos se tiraban todo
el día jugando por los bosques y las praderas, metiéndose en charcos de barro y
agua toda la jornada. Maialen les vestía con pantalones pesqueros con tirantes,
una camisa y unos zapatos acompañados de unos calcetines altos. Sim embargo,
para la niña prefería una faldita estampada con una camisa en la parte de
arriba y unos zapatitos a conjunto con una chaquetita. Siempre iban muy con
juntaditos, pero después de tanto juego, toda la vestimenta se estropeaba y
Maialen tardaba horas en conseguir sacar las manchas de las camisas blancas y
de los zapatos. Unax la repetía, que si los niños se manchaban, tendrían que
aprender a limpiar su ropa ellos mismos. Pero Maialen no iba a dejar que sus
niños con menos de 9 años de edad, limpiaran su propia ropa. A veces, Unax era
muy estricto; pero otras veces, era ella la permisiva, que les dejaba hacer de
todo. Unax de vez en cuando los castigaba por hacerla trabajar tanto y no les
dejaba jugar en varios días. Maialen le decía que no les castigara tanto, que
los dejara jugar que eran jóvenes y que tenían que disfrutar de la vida. Unax
se resignaba y cogía el periódico para revisar la última hora.
Maialen observaba las ventanas medio tapiadas con nieve. Sentía frío.
Pero aquella escena la recordaba a sus mañanas de frío en su pueblo junto a sus
hijos, esperando a que Unax trajera unos dulces mañaneros, que sentaban tan bien
con un caso se leche fresca. Los hijos de Maialen preparaban unas galletitas
con la ayuda de ella, para darle un sorpresa a su padre. Y todos juntos comían
alrededor de la chimenea.