sábado, 9 de noviembre de 2013

Una pobre chic (Parte 1)

Al esperar el autobús como todas las mañanas de invierno, pasando frío y llegando tarde a clase; sentí la curiosidad de entrar a una tienda en la que no había entrado nunca: "El paseo". Tienda de lujo donde las haya. Todos los días mientras esperaba el autobús, sentía la curiosidad, más bien, la necesidad de entrar. Crucé la calle, y al dar un paso una mujer me detuvo.
-¿Dónde vas?
-Bueno... esto... quería entrar.
-¿Entrar? ¿A mi tienda? ¿Con esas pintas de estudiante sin dinero? Ni de broma.
-Pero... pero...
-¡Pero nada! No entras y punto. Vete con tus amigos de la parada.
Me dirigí afligida y a la vez llena de rabia. Por qué me tenía que tratar así. Quién era ella. Subí al autobús y me senté al lado de la ventana y podía ver la tienda: cómo entraba gente estirada, bien peinada, y por supuesto, con ropa de marca. Pero, yo, yo no tenía nada de eso.
Tres minutos más tarde, el autobús hizo una nueva parada. En ella entró una mujer alta, esbelta, con una chaquetita de color grisáceo y unos zapatos negros preciosos. A ella si la dejarían entrar a la tienda seguro, pensé. Fui hacia ella y la dije:
-Hola, me llamo Fe.
-¿De fea?
-No, de Fexio. Es un nombre raro de origen hebreo.
-... si quieres te puedo dar unos eurillos para que te quites esa pinta de pordiosera que tienes.
-¿Perdona? Cómo tiene tan poca vergüenza.
-¿Yo? ¿Poca vergüenza? Tú, niñata, que te atreves a dirigirme la palabra.
Indignada, bajé en la siguiente para que hizo el autobús, no era mi parada, pero no quería estar más con aquella mujer. Fui andando hasta la universidad. ¿Era verdad qué llevaba pinta de pordiosera? Tan solo iba un poco desarreglada, una zapatillas azules, unos vaqueros, una camiseta... lo normal. Pero yo, tenía que entrar en esa tienda, a poder ser, sin codearme con gente estirada. Tenía que darle con un canto en las narices a esa señora.

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