martes, 17 de junio de 2014

Acabamos.

Menuda salvación, 
piensan los chicos al acabar el curso,
se pierden recuerdos y aventuras,
en las aulas donde han convivido.

Se acaban las clases,
y los chicos y chicas pregonan,
que el curso ha acabado,
y las vacaciones llegan.

Nuevos compañeros,
nuevos profesores,
nuevos momentos,
en el curso que empezarán en Septiembre.

domingo, 15 de junio de 2014

Nuevo blog.

Debido a la extensión de mi nuevo libro: 200 Cartas de Amor. Me veo en la obligación de escribirlo en otro blog para no tener este blog estancado. Pero este blog seguirá su funcionamiento normal, con otros libros de menor extensión, poemas, teatro... 
Pueden encontrar el nuevo libro en: http://200cartasdeamor.blogspot.com.es/

lunes, 9 de junio de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 9) Final y Epílogo.

Capítulo 9
El reloj marcaba las ocho de la mañana. La nieve quedaba reducida a un dedo de grosor. Maialen se sentía peor que en toda la noche. Las tripas la rugían, los labios la temblaban y el pulso cada vez se mantenía menos estabilizado. No podía más. ¿Sería ese punto de la mañana su fin? Había durado demasiado. Se levantó de la mecedora e intentó alcanzar un trozo de madera mojado que había en las partes traseras de la cabaña. Tal y como ella pensaba, no prendía en la chimenea. Era triste. Las ocho de la mañana, a penas con un rayo de luz entrante por la ventana, y muerta de frío; sin fuego, sin nada más a parte de las mantas y las sábanas.
Maialen se volvía a sentar en la mecedora, leyendo un libro: “El bosque de las 7 rosas.” Un libro precioso para ella, con sentido profundo, que la hacía siempre mantener la cabeza amueblada y firme. A pesar de su edad, o su capacidad mental. Maialen terminaba siempre de leer sus libros, y los repetía en su cabeza una y otra vez. Esto, le hacía agilizar la mente, la hacía pensar. Recordaba los libros que ella les regalaba de pequeños a sus nietos. Libros viejos, de cuando ella era pequeña. Libros pasados, en desuso, de autores irreconocibles para niños de esa edad y totalmente idos de honda.
Maialen reconocía que su vida no había ido la más difícil del mundo. Pero en estos momentos, sabía que tampoco había sido la más fácil. Había pasado penurias, pero también buenos momentos. Maialen hacía balance y lo veía positivo. Más momentos buenos que malos, estaba claro.
Pero… ¿cuáles habían sido esos buenos momentos? Sin duda el nacimiento de sus hijos, su boda, su infancia, las conversaciones con su hermano, las fiestas del pueblo, la feria, los bailes, las charangas, los miles de pasodobles que había bailado con su marido en las plazas, los juegos con sus hijos, los juegos con sus nietos mayores, los juegos con su madre, los cuentos de Rocío, los regalos de su abuelos, las caricias de su abuela, las carantoñas de su madre, incluso las bromas de sus vecinos y vecinas. Había tantos momentos inolvidables… no daba tiempo para recordarlos todos. Imposible. La memoria de Maialen no daba para tanto y había algunos momentos se perdían o incluso ya se habían perdido entre los nervios de su cerebro. Maialen no recordaba muchas cosas, pero había otras que las tenía tan presentes que sus cabeza se aburría de ellos. ¿Por qué su cabeza había borrado unos momentos, y los otros los había mantenido intactos? Quizás no eran tan buenos como Maialen los imaginaba, y su cabeza los había eliminado por su bien; o quizá la mente era egoísta, y quería quitar a Maialen parte de su vida.  ¿Tan mala y traicionera es la memoria? ¿Tan cruel? ¿Tan triste era hacerse mayor? ¿Tan frágil te hacías? ¿Tan de cristal? Era perder tu vida, parte de tus recuerdos, tus sentimientos y emociones, perder tu ciudad, tu pueblo, momentos con tu familia y amigos… Era olvidar parte de ti. Y eso la pasaba a Maialen. Exactamente lo que se acaba de describir.
Maialen continuaba leyendo el libro, ya estaba a punto de terminado. Tan sólo la quedaban un par de páginas. La dolía el pecho, como si una nube de humo la agarrara el corazón, como una presión. Imposible de explicar. Una sensación rara, de taquicardia, de asfixia. Maialen estaba a una página de acabar el libro. Un gran libro sin duda. Venga que solamente quedan un par de líneas para acabarlo, se repetía así misma Maialen mientras tosía repetidamente y tapaba la boca con un pañuelo de tela azul. Maialen pasaba la vista por las líneas del libro, lentamente, a su ritmo, sin prisa alguna. Volvía a toser, se movía y retorcía, se asfixiaba sin duda alguna. Y a las ocho y media de la mañana, justo cuando sus hijos llamaban a la puerta de la cabaña, Maialen descolgaba la cabeza hacia atrás dejando morir su cuerpo sin poder hacer nada por evitarlo. Maialen moría, dejando atrás mucho, pero mucho más por delante. Había acabado su libro.
Epílogo
¿No os preguntáis quién está contando esto? ¿Quién es el narrador o narradora de esta historia? ¿Quién sabe tanto de Maialen como para poder contar su historia dato a dato? Pues yo misma, la única que pasó con ella todo este tiempo de aventura en las montañas vasca, día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, y tan sólo me separaba de ella en momentos puntuales. Soy, La Soledad.

domingo, 1 de junio de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 8)

Capítulo 8
El reloj marcaba las siete de la mañana. El Sol se iba vislumbrando por el marco de la ventana. Maialen ya no sentía frío; o por lo menos, no tanto como hacía unas horas. Se levantó y fue hasta el cobertizo a por una botellita de café, y una cucharadita de miel. Apenada, recordaba a la Señora Garay. Su vecina de toda la vida en Baracaldo. Una mujer que siempre había sido mayor; ni envejecía, ni rejuvenecía, siempre parecía mantenerse en la misma edad. Rondaba los 52 años de edad cuando Maialen tenía los diecinueve. Tenía el pelo canoso, llevaba gafas negras y siempre vestía con trajes de chaqueta y lucía moño; tenía arrugas en el rostro, y manchas marrones por todo el brazo derecho. Ella siempre la cuidaba, cuando Maialen no tenía dinero, Ohiane Garay siempre estaba allí para dejarla lo poco que la sobraba del sueldo del Señor Garay. Ohiane, tenía un hijo, Andoni. Andoni era un chico alto, de unos 180 centímetros; fuerte, de pelo oscuro largo, y vestía de manera informal, con camisetas y pantalones muy básicos; lo acompañaba con gorras y zapatillas de suela fina. Andoni, lucía varios tatuajes: una “G” en su antebrazo derecho, un tigre en el brazo izquierdo, un payaso de colores extridentes en la espalda y tanto en el gemelo derecho como en el izquierdo, lucía un león ondeando su melena al viento. Maialen, estaba loquita por él, “le quería”. Todas las mañanas cuando Unax salía de casa para comprar el pan; Maialen iba a casa de Andoni, y ponía cualquier excusa para pasar un rato junto a él. Andoni, era más pequeño que ella, tenía dieciséis años. Un poco joven para ella, pero a Maialen la encantaba. Una noche, esperando a que llegara Unax del trabajo; Andoni, fue a buscarla para invitarla a ir a dar una vuelta. En el fondo aquel chico también sentía algo por su vecina. Los dos, fueron a dar un paseo durante toda la noche. Cuando eran más o menos las doce de la noche, llegaron a casa. Habían bebido mucho, y Maialen estaba muy nerviosa. Andoni, cogió la mano de Maialen y se fundieron en un gran beso. Juntos entraron a casa de Los Garay y estuvieron en la habitación de Andoni durante horas. Era tarde, y Maialen tenía que volver a casa si quería que Unax no sospechara nada cuando volviera de madrugada. Después de aquello, se estuvieron cruzando miradas días, meses, incluso años. Años de tensión, de presión, sabiendo que estaban enamorados pero en el fondo Maialen quería a Unax. Y Andoni, era joven, demasiado joven.
El día que Maialen se casó con Unax, Andoni estaba invitado a la ceremonia por supuesto. Pero justo antes de entrar a la iglesia; Andoni la apartó de toda la familia y se la llevó a una callejuela de al lado. Ya habían pasado dos años, él tenía dieciocho años recién cumplidos; era muy joven, pero estaba tan guapo con ese traje de color negro acompañado de camisa azul cielo, que Maialen no se pudo resistir y se besaron de nuevo, una y otra vez. Andoni la intentaba explicar que la quería, que estaba loco por ella. Pero Maialen, no dio marcha atrás y se casó con Unax. Andoni triste, nostálgico, melancólico y apenado se fue después de aquello a estudiar a Navarra.
Cuando pasaron cinco años, Andoni volvió a Baracaldo y vio a Maialen. Él ya era todo un hombre, tenía 23 años y ella veintiséis. Cuando se volvieron a ver, Andoni estaba mucho más guapo, se había dejado un poco de barba y eso le hacía más interesante. Maialen tampoco se quedaba atrás, se había cambiado el look; se había cortado el pelo, había comprado ropa nueva…
Andoni enseguida se fijó en ella, era una mujer casada pero a él, le seguía volviendo loco. Un día, Unax salió a trabajar muy temprano; y cuando Maialen estaba dormida, tocaron a la puerta. Era Andoni, que venía dispuesto a llevársela de paseo. Maialen dudó unos segundos, pero aceptó. Ella estaba incómoda, él sin embargo se desenvolvía muy bien al hablar, mucho mejor que cuando se fue. Maialen lo notaba, había cambiado, estaba más maduro, más hombre. Pasearon unos cuarenta minutos; cuando llegaron a la calle que estaba justo al lado de ambas casas, Andoni intentó besar a Maialen de nuevo; pero esta vez ella no estaba por la labor, y lo apartó extendiendo los brazos. Andoni, ofendido, agachó la cabeza y se fue sin decir ni palabra. Sin embargo Maialen soltó un “lo siento” que dañó el corazón de Andoni.

Después de otros tres años, Andoni, aceptó que Maialen no era suya. La logró olvidar. Le costó muchos años, de terapia, de ayuda, de esperar a que ella llamara a su puerta. Después de aquello, Andoni se hizo un nuevo tatuaje, unas iniciales: M.E en el pecho, rodeado de fuego, y escritas en una especie de pergamino que parecía quemarse, sobre todo el pectoral del muchacho.