Todo empezó el día en el que llegamos aquí, a Rusbens Era un día soleado cuando salimos de Trivan. Fueron cuatro horas de largo viaje, acompañada en el asiento de atrás de la furgoneta con Sami, mi hermano pequeño; torturada por el grito de las mellizas, y por el ruido de los coches. Ese olor a gasolina me machacaba los pulmones. Pero cuando cruzamos el cartel de bienvenida a Rusbens, el sol se apagó lentamente, las nubes taparon el cielo, y una niebla espesa empezó a cubrir los pisos más altos de los edificios. Era siniestro.
Cuando llegamos a
nuestra nueva casa, me pareció vieja y lúgubre; pero a la vez me encantaba, me
parecía acogedora y misteriosa, justo como a mí me gustan las cosas. Esperaba
que en ese pueblo, no me miraran de forma extraña: por mi manera de vestir, y
mi forma misteriosa de hablar, en fin, por ser diferente. Soy punky.
Pero en eso me
equivocaba; han pasado tres años desde aquel día y la gente me sigue mirando
raro.
Pero todo ha cambiado
hoy. Precisamente hoy, la casa de en frete ha sido ocupada por una nueva
familia más pequeña que la mía. Me he ido a presentar, y he tocado la aldaba
blanca con forma de mano. Me ha abierto un hombre viejo y entrajetado.
-Buenos días, ¿qué
desea?-me saludó erguido.
-Buenos días, soy la
vecina de la casa de en frente, me llamo Meffi.-respondí con timidez- me
gustaría hablar con algún miembro de la familia.
-El único que está
ahora mismo en la casa, es el hijo mayor de la familia, el señorito Scoot. Enseguida
le digo que baje, pase por favor.
-Muchas gracias.
Entré despacio,
observando todos los detalles: los cuadros pintados con esa delicadeza, el
tapizado de las sillas y la pintura de color gris, que impregnaba las paredes
de todo el cuarto. Me senté en un sillón
de color verde oscuro, y observé como una sombra bajaba por la gran escalera de
mármol que había justo en frente de mis ojos.
-Creo que eres mi
vecina, ¿no es así?-dijo una voz que procedía de la sombra que bajaba las
escaleras.
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