sábado, 23 de noviembre de 2013

Narraciones cortas.

Al levantarme sentí un escalofrío que me recorría todo el cuerpo, de pies a cabeza. Me dolía mucho la cabeza: y mis pies congelados parecían romperse en mil pedazos. A veces me costaba tanto levantarme por la mañanas... Miré por la ventana, tan sólo se veían nubarrones grises que se unían en los destellos de los relámpagos. Olvidaba que era Navidad; tocaba cena navideña aquella noche, o eso pensaba yo. Bajé las escaleras, y al llegar al quinto escalón un resbalón tonto me hizo caerme. Mi madre vino corriendo a por mí. Pero yo no necesitaba ayuda, estaba bien, no me había hecho nada. Lo primero que me soltó mi madre cuando supo que estaba bien fue: "Esta noche no hay cena. Tus tíos no pueden venir, y tus primos tienen trabajo." Desilusionada terminé de bajar las escaleras y sonreí a mi hermano pequeño Joe que estaba sentado en el último escalón jugando con unos muñecos.
Más tarde, cuando me había hecho a la idea de que iban a ser las peores navidades de mi vida, volví a mi cuarto para vestirme y marcharme al centro comercial. Le dije adiós a mi madre y salí firmemente por la puerta.
Ya en el centro comercial, subí por una rampa de color azul que hay nada más entrar. Quería ver todos los escaparates, cotillear todas las tendencias y por supuesto, mirar lo último en zapatos. Llegaba la hora de cierre del centro comercial y yo todavía seguí mirando cosas. ¿Y qué pasó? Que me quedé encerrada. Y como era Navidad, el centro comercial estaba totalmente vacío, no podía salir de ningún modo. Después de varias horas alimentándome de barritas bajas en colesterol, me dediqué a contar cosas: las tiendas, las camisetas, los pares de zapatos, las diademas, las cafeterías... Quería salir de alli, me aburría demasiado.
No penséis que me costó salir mucho. De repente, un escuadrón de la policía, guardia civil y bomberos. Todos venían a por mí. Resultaba que había salido hasta en las noticias. Al final, no había sido una Navidad tan aburrida.

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