Al día siguiente me desperté sin acordarme de lo que había pasado la noche anterior, ni lentejas ni nada. Mi mente había borrado esos recuerdos que no influían nada en mi vida. Me había levantado de buen humor y como mis padre estaban trabajando, cogí mis ahorros y bajé a la tienda. Unos vaqueros oscuros y estrechos me llamaban desde el escaparate. Entré decidida, llevaba puesto la camisa que me había comprado ayer. Esta vez no me podían negar la entrada. Y no lo hicieron. Entré sin problemas. Era increíble toda esa ropa era fascinante: camisas, chaquetas... Había cumplido mi objetivo.
lunes, 18 de noviembre de 2013
Una pobre chic (Final)
Mi padre me estaba pidiendo a las diez y media de la noche, que quitara las lentejas del fuego se le estaban quemando. No me lo podía creer. ¿Para eso interrumpía mi noche tranquila? ¿Acaso no era lo suficiente mayor para acordarse de quitar el fuego? Menudo irresponsable. Me levanté del sillón con mala gana y fui andando tranquilamente hacia la cocina; ¡Las lentejas rebosaban por la tapa de la cacerola! Usé servilletas, papel higiénico, papel de cocina, periódicos, revistas y hasta viejos apuntes de primero. Nada era capaz de absorber todo ese líquido grumoso. Por mí mejor que se fastidiaran las lentejas, no me gustaba nada como las hacía mi padre; llenas de verduras y migas de pan que se le caían mientras preparaba la comida. Mi madre cocinaba algo mejor, pero a sus arroces no había por donde cogerlos. Miel, huevo, incluso mermelada para un arroz. Me fui a dormir sin preocupación, para comerme eso... me hacía falta un estómago muy hambriento.
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