miércoles, 21 de mayo de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 7)

Capítulo 7
El reloj marcaba las seis y cuarto de la madrugada. Maialen se rascaba la nariz con fuerza, parecía que la había picado algo. Poco probable, pero lo que no la pasara ya…
Maialen se acordaba en esos momentos, de quién no se había acordado en mucho tiempo, su hermano Hurko. Hurko siempre había sido el hermano desaparecido, al que sus padres mandaron a estudiar a Barcelona y jamás le volvieron a ver. Sabía pocas cosas de él. Lo básico. Apenas recordaba momentos de niñez. Cómo se subían a los árboles, cómo escalaban las paredes de los vecinos… No sabía si se había casado, ni siquiera si le había ido bien en los estudios.
Su hermano Hurko, era siete años mayor que ella; los padres de Maialen decidieron mandarle con mucho esfuerzo a Barcelona a estudiar para que se labrara un buen futuro. Pronto, Hurko mandó una carta a los padres de Maialen en la que relataba que un empresario le había ofrecido un puesto de ayudante en su empresa y que había aceptado el trabajo. Nada más se supo de Hurko desde aquella carta. Sus padres, estuvieron apenados mucho tiempo, pero tenían que cuidar de sus dos hijos pequeños, nunca se volvió a tener en cuenta a Hurko.
Hace quince años en un viaje de Maialen a Barcelona, Hurko se sentó al lado de ella en el tren. Ella después de tantos años, lo reconoció por la marca de nacimiento que él tenía en la barbilla, una mancha en forma de estrella. Maialen lo miró una y otra vez de arriba abajo, asegurándose de que ese hombre que se había sentado a su lado era su hermano. Extendió su mano, para tocar la de Hurko; pero, en ese mismo instante, en esa misma milésima de segundo, cuando sus manos parecían tocarse, Hurko se levantó de su asiento y salió del tren. Habían llegado a su destino. Maialen sintió en ese momento, una sensación de fracaso. Le había tenido tan cerca, y lo había dejado marchar. Salió por la puerta del tren tras coger la maleta y buscó entre el tumulto de la estación a Hurko. Sin resultados. Ese hombre mayor, con camisa de cuadros marrones y rojos, pantalones de pana oscuros, zapatillas blancas y chaqueta gris, su hermano, parecía no haber estado allí nunca.
¿Se habría arrepentido Hurko de haber dejado a su familia? Maialen suponía que sí. ¿Pero, y si no? ¿Y si se alegraba de haberse marchado? ¿Y si no la echaba de menos? Eran demasiadas preguntas, con una sola respuesta: nunca se sabría. Únicamente lo sabía Hurko, y Maialen no se podía meter en su cabeza.
Recordaba a aquel hombre del tren, con barba de dos días y pelo largo desaliñado; rasgos marcados, piel oscura y una pulsera de cuerda fina en la muñeca derecha.
Maialen, después de aquel encuentro, intentó recabar el número de teléfono de Hurko sin resultados. Tampoco tuvo suerte con la dirección. Lo único que consiguió descubrir fue que Hurko estaba separado, y había tenido cuatro hijos. Lo sabía porque un hombre que la vio correr detrás de él al salir del tren, se la acercó y la dijo: -¿Conoce? Maialen mantuvo una conversación con él y descubrió que: Hurko, se había casado hace muchos años y se había separado hacía unos cinco años; que tenía cuatro hijos: Iker de dieciséis años, Amaia de catorce años y los mellizos Nagore y Aitor de ocho años; que vivían con él, porque Naroa su mujer vivía en Moscú por problemas de trabajo; que se dedicaba al mundo de la prensa, y escribía una columna semanal en los periódicos de Mollet del Vallès, la ciudad donde Hurko residía en la actualidad.

Maialen, no recordaba ese momento desde hacía mucho tiempo. Pero estos momentos su cabeza daba vueltas como si fuera una noria. ¿Qué habría sido de él después de eso? No lo sabía, pero seguro, o por lo menos esperaba, que Hurko hubiera  sido feliz.
Maialen observaba a través de las ventanas como la nieve que tapiaba su puerta, se deshacía lentamente, ya sólo quedaban unos metros de nieve y hielo. Ojalá se deshicieran rápido.

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