Capítulo 9
El reloj
marcaba las ocho de la mañana. La nieve quedaba reducida a un dedo de grosor.
Maialen se sentía peor que en toda la noche. Las tripas la rugían, los labios
la temblaban y el pulso cada vez se mantenía menos estabilizado. No podía más.
¿Sería ese punto de la mañana su fin? Había durado demasiado. Se levantó de la
mecedora e intentó alcanzar un trozo de madera mojado que había en las partes
traseras de la cabaña. Tal y como ella pensaba, no prendía en la chimenea. Era
triste. Las ocho de la mañana, a penas con un rayo de luz entrante por la
ventana, y muerta de frío; sin fuego, sin nada más a parte de las mantas y las
sábanas.
Maialen se
volvía a sentar en la mecedora, leyendo un libro: “El bosque de las 7 rosas.” Un
libro precioso para ella, con sentido profundo, que la hacía siempre mantener
la cabeza amueblada y firme. A pesar de su edad, o su capacidad mental. Maialen
terminaba siempre de leer sus libros, y los repetía en su cabeza una y otra
vez. Esto, le hacía agilizar la mente, la hacía pensar. Recordaba los libros
que ella les regalaba de pequeños a sus nietos. Libros viejos, de cuando ella
era pequeña. Libros pasados, en desuso, de autores irreconocibles para niños de
esa edad y totalmente idos de honda.
Maialen
reconocía que su vida no había ido la más difícil del mundo. Pero en estos
momentos, sabía que tampoco había sido la más fácil. Había pasado penurias, pero
también buenos momentos. Maialen hacía balance y lo veía positivo. Más momentos
buenos que malos, estaba claro.
Pero…
¿cuáles habían sido esos buenos momentos? Sin duda el nacimiento de sus hijos,
su boda, su infancia, las conversaciones con su hermano, las fiestas del
pueblo, la feria, los bailes, las charangas, los miles de pasodobles que había
bailado con su marido en las plazas, los juegos con sus hijos, los juegos con
sus nietos mayores, los juegos con su madre, los cuentos de Rocío, los regalos
de su abuelos, las caricias de su abuela, las carantoñas de su madre, incluso
las bromas de sus vecinos y vecinas. Había tantos momentos inolvidables… no
daba tiempo para recordarlos todos. Imposible. La memoria de Maialen no daba
para tanto y había algunos momentos se perdían o incluso ya se habían perdido
entre los nervios de su cerebro. Maialen no recordaba muchas cosas, pero había
otras que las tenía tan presentes que sus cabeza se aburría de ellos. ¿Por qué
su cabeza había borrado unos momentos, y los otros los había mantenido
intactos? Quizás no eran tan buenos como Maialen los imaginaba, y su cabeza los
había eliminado por su bien; o quizá la mente era egoísta, y quería quitar a
Maialen parte de su vida. ¿Tan mala y
traicionera es la memoria? ¿Tan cruel? ¿Tan triste era hacerse mayor? ¿Tan
frágil te hacías? ¿Tan de cristal? Era perder tu vida, parte de tus recuerdos,
tus sentimientos y emociones, perder tu ciudad, tu pueblo, momentos con tu
familia y amigos… Era olvidar parte de ti. Y eso la pasaba a Maialen.
Exactamente lo que se acaba de describir.
Maialen
continuaba leyendo el libro, ya estaba a punto de terminado. Tan sólo la
quedaban un par de páginas. La dolía el pecho, como si una nube de humo la
agarrara el corazón, como una presión. Imposible de explicar. Una sensación
rara, de taquicardia, de asfixia. Maialen estaba a una página de acabar el
libro. Un gran libro sin duda. Venga que solamente quedan un par de líneas para
acabarlo, se repetía así misma Maialen mientras tosía repetidamente y tapaba la
boca con un pañuelo de tela azul. Maialen pasaba la vista por las líneas del
libro, lentamente, a su ritmo, sin prisa alguna. Volvía a toser, se movía y
retorcía, se asfixiaba sin duda alguna. Y a las ocho y media de la mañana,
justo cuando sus hijos llamaban a la puerta de la cabaña, Maialen descolgaba la
cabeza hacia atrás dejando morir su cuerpo sin poder hacer nada por evitarlo.
Maialen moría, dejando atrás mucho, pero mucho más por delante. Había acabado
su libro.
Epílogo
¿No os
preguntáis quién está contando esto? ¿Quién es el narrador o narradora de esta
historia? ¿Quién sabe tanto de Maialen como para poder contar su historia dato
a dato? Pues yo misma, la única que pasó con ella todo este tiempo de aventura
en las montañas vasca, día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, y tan
sólo me separaba de ella en momentos puntuales. Soy, La Soledad.
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