Capítulo 4
El reloj marcaba las cuatro y media
de la madrugada. Maialen esperaba un soplo de suerte. Nunca había tenido mucha
fe, pero sabía que había algo allí arriba que la protegería del dolor. Sus
hijos tardarían todavía bastante en llegar, esperaba un milagro. Sentía bombear
la sangre a través de sus venas frías. Se tapaba cada vez más con la sábana y
se intentaba acurrucar todo lo que podía. Sentía frío, mucho frío. Esperaba que
pronto saliera el Sol, pero quedaba bastante para eso. Respiraba profundo,
lentamente, de una forma inquieta, como si estuviera con ansias de sentirse con
libertad, sin nieve en la puerta, sin ataduras. Por un tablón suelto, entraba
un hilillo de aire frío que chocaba contra los pies de Maialen. Se sentía
incómoda, insegura; pero no conocía la razón. Maialen había tenido mucha
firmeza, pero con el paso de los años, esta cualidad había mermado bastante. A
veces se sentía muy frágil, como si fuera de cristal. Maialen se levantó de la
mecedora y cogió un albornoz de felpa y se lo puso, pero no de una forma
normal, se lo ató todo lo posible, hasta el límite. Después anduvo hasta su
mesita de noche y abrió uno de los tres cajones que esta poseía. Sacó un
pequeño libro de tapas color miel, y unas ciento cincuenta hojas. “El mundo
roto” ponía en la portada, de Firri Niotus. Maialen agarró el libro como si la
fuera la vida en ello. Lo soltó en la cama y se limitó a para hojas, sin ningún
tipo de orden. Hasta que encontró una nota rota, vieja, totalmente dañada. La
desdobló y leyó el contenido detenidamente: “Llegaste,
te veía capaz de ello. Espero que lo hayas disfrutado. Te lo dije, te dije que
llegarías. Que serías fuerte, que no te rendirías. Estoy orgullosa de ti.
Estamos, mejor dicho. Sé feliz, disfruta lo que te quede y vive segundo a
segundo, minuto a minuto. Nunca sabes cuándo puede ser el fin.”
Maialen, soltó la nota. Y guardo el libro. Recordó las
palabras que su abuela la dijo cuándo guardó aquella nota en ese libro. “Te vas haciendo mayor, y a mi edad, incluso
a la tuya, hay que asegurarse bien de vivir la vida. Vamos a hacer una cosa. Yo
escribiré una nota, y la guardaré en tu libro favorito. Cuando te sientas sola,
léela. Te ayudará a sentir compañía, mi compañía. Espero que te ayude. Ten
suerte en esta vida.” Días después su abuela falleció sin motivo aparente.
Aquella nota la hacía viajar hasta ese recuerdo. La había leído muchas veces.
Su abuela era especial para ella, junto a
Rocío la cuidaba. Siempre la había prometido que estaría a su lado. Cuando
tenía miedo por las noches, y su madre no estaba; Maialen pedía a Rocío que
llamara a su abuela y esta la cantaba una canción a través del teléfono para
que volviera a coger el sueño. Fuera la hora que fuera su abuela siempre cogía
el teléfono, y la respondía con una voz muy dulce. Al llegar a casa después del
colegio, su abuela llamaba siempre para saber qué tal la había ido el día, y
cómo estaba. Para ella era muy importante. La contaba todo, y se lo repetía una
y otra vez; pero a Mireia, su abuela, eso la daba igual. Maialen ya se lo podía
contar ochenta mil veces que siempre la escuchaba atenta. Su madre, nunca se
enteraba de nada, pero su abuela siempre conocía sus secretos más íntimos. Y
con solo mirarla, ya sabían qué secretos había que ocultar y cuáles no. Su
abuelo Josu, viajaba muy lejos por trabajo, se desplazaba por las costas
italianas y las costas griegas. Siempre, cuando venía de visita, la regalaba
juguetes. Traía bombones, y traía cajitas de madera y de cristal que envolvía
con papeles de colores y contenían pequeños recuerdos de cada ciudad visitada.
Maialen los ponía en la repisa de su ventana, y guardaba las cajitas en un gran
baúl de aspecto viejo, hebillas desgastadas y esquinas levemente lijadas.
Cuando Josu se iba a las ciudades, buscaba por todas las tiendas posibles
regalos para Maialen e Irati. A ella siempre la traía muñecas, cestas de mimbre
y juguetes de madera. Pero Irati también recibía regalos, cochecitos y robots
de madera, y muñecos de aluminio. Sin embargo, los regalos de Irati no venían
envueltos ni metiditos en cajas; los suyos, venían en paquetes de cartón, envueltos
en papel color chocolate y atados con una cuerda. A veces, Josu traía pegatinas
con códigos postales y sellos, que quedaban muy bien en el lateral de la
estantería de Maialen. Su madre la reñía siempre por el mismo tema, pero ella
pegaba en la estantería todas las pegatinas. Mireia nunca iba de viaje con
Josu, quizás alguna vez en ocasiones especiales. Pero si no, se quedaba
cuidando de los nietos. Ella cuidaba de Irati, porque la casa de los abuelos de
Maialen se situaba en la zona en la que trabajaba él; y la casa de los padres
de Maialen estaba a la otra punta de la ciudad. Cuando estaba a punto de morir,
Mireia se fue a vivir con Maialen y su familia, y seguía cuidando de Maialen a
pesar de soportar una enfermedad ósea muy grave.
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