lunes, 10 de marzo de 2014

Recuerdos en el último aliento.(Capítulo 1)

                                                                             Capítulo 1
La llama de la chimenea prendía el último pedazo de madera que quedaba sin quemar en el fondo. Los cristales de las ventanas retumbaban, y la puerta se movía por el marco rápidamente. Tan solo se oía claramente el balanceo lento de la mecedora vieja y oscura; en la que permanecía sentada una mujer aparentemente mayor, de unos setenta y ocho años. Su cara, pálida y llena de marcas de la vejez, mostraba preocupación, y sus pupilas, llenas de fuerza temblaban por el globo ocular. Normalmente no esperaba visita. Pero era un día especial, no por buenas noticias precisamente. Hacía unos meses, siete más o menos, que arrastraba una enfermedad de garganta; los médicos la habían dicho que moriría y ella notaba que sus fuerzas se agotaban por momentos.
Había avisado a sus hijos. Ellos vivían muy lejos, a unos mil kilómetros de allí. Tardarían una eternidad. Pero a ella, siempre la había gustado la montaña; y cuando se quedó viuda se mudó a la montaña más alejada de cualquier lugar habitado. Quería paz. No venían mucho a visitarla, una o dos veces cada tres meses. A penas había conocido a sus nietos, tenía tres: Quique, Yolanda y Martina. Quique y Yolanda, los mayores, eran de su hijo Unai y su mujer Mirian, tenían quince y trece años. Martina, la pequeña, era fruto del matrimonio de su hija Iraia y su marido Daniel, tenía seis años, sin duda era su preferida. Una niña risueña y con una vida interior increíble, cada vez que venía a verla, la traía noticias frescas de la ciudad, era como un telediario, pero mucho más interesante. Un telediario no trae esa sonría mellada tan particular. La campana del reloj marcaba las tres y media de la mañana, pero ella no podía dormir. Sabía que moriría, y normalmente cuando una persona sabía con certeza como ella que iba a morir, lo que menos quería era mantenerse despierta. Pero para, Maialen Eskubizarre, era la única forma de encararse a su único miedo: la muerte. Hacía unas horas que su puerta se encontraba tapiada por un montón de nieve, su única forma de mantenerse con vida las pocas horas que la quedaban. 
No había tenido suerte en la vida, y no creía que sin ton ni son la vida en el último momento, la daría una segunda oportunidad. Sus hijos no llegarían a tiempo, y se la encontrarían sin vida en la mecedora, a la luz y el calor de la chimenea. Sabía que sería así. Cuando perdió a su novio de juventud, su primer amor, pensó que su vida acababa. Quién la iba a decir a ella que llegaría tan lejos. Años más tardes, conoció a Unax aquella noche de luna llena en la que su madre la dejó por primera vez salir sin su hermano mayor Irati. Unax, nació en Baracaldo como ella, pero era tres años más mayor. Con apenas veintiuno y veinticuatro años se casaron en una pequeña iglesia de Bilbao.Tuvieron a su primer hijo, con treinta años. Y a su hija pequeña, con treinta y cinco. Fueron abuelos pronto, cuando Unai tuvo a Quique.
Meses después de aquello, Unax se puso muy enfermo por una enfermedad en el riñón, y murió después de luchar contra la enfermedad casi un año. A los 64 años de edad, Maialen se encontraba viuda. Después de esto, Maialen viajó hasta Guipúzcoa para visitar a su hermano Irati, que acababa de tener un hijo, Alain. Se quedó varios meses con él, hasta que su mujer, Ohiana, enfermó y Maialen tuvo que volver a Baracaldo para trabajar y ayudar a su hermano en la economía. Trabajó en una empresa de ferrocarriles en la estación general de Baracaldo. La pagaban poco y trabajaba muchas horas, pero sin formación solo la cogían aquí. Mandaba trescientos euros al mes para su hermano, y se quedaba con otros trescientos para poder vivir. A los dos años, la mujer de Irati, murió. Y Maialen decidió mudarse a las montañas, sin el apoyo de sus hijos que la presionaban para quedarse en la ciudad.
Durante mucho tiempo, Maialen estuvo viajando todos los meses hasta la ciudad, pero por costes y problemas diversos hacía siete años que no pisaba una carretera. A veces, salía afuera y se dirigía a la estación de esquí a por un tazón de leche caliente, o a por unas gachas. El resto de comida se la traían sus hijos cuando venían de visita y la conservaba en un cobertizo lleno de nieve helada que ella tenía en la parte trasera de la cabaña. A veces, se entretenía mirando la nieve, y como los niños jugaban con ella. Recordaba su niñez. Cuando ella tenía apenas ocho años y corría a tirarse en la nieve y hacer ángeles. Siempre llegaba con manchas de agua en el abrigo, y su madre, la reñía lo metía en un barreño con jabón. “El agua no mancha” decía siempre Maialen. Recordar aquello la hacía sonreír una y otra vez. Había sido su infancia, y ella se estaba perdiendo la de sus seres queridos. La gustaría saber si a Martina la gustaba jugar en la nieve como a ella cuando tenía su edad. Saber si Quique ya se había echado novia, o si Yolanda sacaba buenas notas. Se había perdido tantas cosas… y todo por estar tranquila, sin preocupaciones.
Cuando iba a la estación de esquí, escuchaba las conversaciones que tenían la gente que tomaba algo en aquella cafetería. Sabía que la economía no andaba bien, que estaba la gente que trinaba pero ella era totalmente ajena a aquello. No vivía en sociedad, sino en soledad. A veces sentía que ni siquiera había gente en el mundo, que estaba sola.
Cuando cerraba la estación de esquí los lunes, se sentía más sola que nunca. Prendía un poco de lumbre cuando podía y se resignaba en la mecedora. Algún día especial daba paseos por la cabaña, pero no era habitual. Los días normales, se despertaba muy temprano, a cosa de las siete de la mañana. No hacía nada, pero era su forma de mantener el ritmo. Desayunaba algún cereal con leche, o a veces iba a por churros. Después se sentaba en la mecedora y se ponía una bufanda marrón vieja que la regaló por su cumpleaños el personal de la cafetería que tanto cariño la tenía. Encendía una vela casi gastada y se mecía lentamente esperando a que se hiciera la noche. Los martes era distinto, tenía ganas de bajar a la cafetería, había uno de sus platos favoritos en el menú, como buena vasca la encantaba comer Marmitako. Costaba unos siete euros, junto una bebida y pan. Pero para ella no tenía precio comer ese delicioso guiso de su tierra. Ese día además, veía su programa favorito en la televisión: “Hoy”. Un programa que emitía la cadena que nadie veía, pero que para ella era su salvación. Su forma de escapar de aquella soledad, que tanto daño la hacía. Ella así lo había decidido. A veces se arrepentía, otras se alegraba de no incluirse en la sociedad, y mantenerse al margen de todos los lujos que estropearían sus valores, o eso pensaba ella. Vivía sin móviles, sin ordenadores por supuesto, sin televisión, sin radio, únicamente, de vez en cuando se llevaba un periódico y lo leía una y otra vez sin importarla la fecha de la que era. Recortaba algunas fotos de reportajes interesantes y las colgaba encima de la chimenea, eran como cuadros. También tenía varias fotos de sus nietos y sus hijos por la cabaña. Y encima de la chimenea en el centro, una foto enorme de Martina sonriendo. Era el mejor sitio para ponerla, al fin y al cabo se tiraba mirando hacia allí todo el día. Tenía sus dientes de leche caídos metiditos en una cajita de madera, supuestamente venía el Ratoncito Pérez a por ellos, y cuando venía a por la recompensa, ella siempre la daba una chocolatina con almendras. Su madre hacía lo mismo cuando vivían en Baracaldo, cuando Maialen de pequeña le daba un diente a su madre que se la acababa de caer, esta la daba una galleta de nueces, era su postre favorito.
Cuando tenía ganas de ejercitar las piernas por el inicio de Artritis que poseía, se levantaba de la mecedora, se ponía la gabardina, los guantes, la bufanda, se hacía un moño y se ponía el gorro, salía de la cabaña y caminaba hasta unos banquitos medio congelados que había a unos metritos de la cabaña y comía un cachito de pan que llevaba en el bolsillo de la gabardina. A los veinte minutos, volvía a la cabaña y se ponía las zapatillas verdes de terciopelo que tanto la gustaban. Se envolvía en mantas y dormía hasta que llegaba el día siguiente.

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