sábado, 15 de marzo de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 3)

Capítulo 3
El reloj marcaba las cuatro y cuarto de la madrugada. La noche se hacía cada vez más oscura, más eterna. Las estrellas acompañaban a Maialen en aquella noche fría. La nieve que cubría y tapiaba su puerta, empezaba a derretirse muy lentamente. No sabía cuánto la quedaba, quizás minutos, quizás horas…
Maialen se levantó de la mecedora tapizaba con cuero, y se dirigió hasta la despensa de comida. Sacó una botella de agua medio congelada y una bolsita de aluminio donde escondía unas almendras y unas cuantas nueces. Las soltó en una mesita de madera oscura que había al lado de la mecedora y se sentó de nuevo en ella. Bebía despacio, muy despacio. Apenas se mojaba los labios cada vez que tomaba el agua. Sin embargo, comía los frutos secos con ansia, no sabía porque pero tenía hambre. Quizás por lo que la iba a pasar de un momento a otro. Lógicamente nunca había estado en una situación tan crítica. Su comida preferida siempre había sido el Marmitako, la encantaba llegar a casa de pequeña y oler ese aroma a guiso casero. Su madre la ponía un plato enorme, hasta arriba. Su hermano siempre se quejaba porque a él le ponían menos pero, como era el mayor, su madre siempre tiraba a favor de Maialen.
La relación con su madre había sido dura. Ella se casó relativamente tarde, y su madre no lo aceptaba. Su padre murió cuando Maialen era una niña, con apenas 10 años. Por eso su madre, había sido tan estricta con su educación, Maialen fue a los mejores colegios de monjas que su madre se podía permitir. Su hermano no tuvo tanta suerte, y a los dieciséis empezó a trabajar repartiendo prensa para traer dinero a casa. Su madre limpiaba las casas de la gente adinerada de la ciudad, y cuando Maialen volvía del colegio, esperaba a que su madre llegará del trabajo, acompañada por su cuidadora Rocío, una onubense que vino a cuidar a Maialen cuando todavía era una niña de apenas 3 años. Rocío era una chica joven, de unos veinte años o un poco más; no tenía estudios, pero a los padres Maialen les pareció bien que una persona honrada cuidara de su hija. Rocío era interna, y para Maialen era como su madre. Ella la cuidaba, la daba de desayunar, la vestía por las mañanas, la combinaba el uniforme con los zapatos, la hacía las trenzas y las coletas… Rocío, no hablaba euskera pero había aprendido un poco, de cuando hablaba con Maialen, pero no lo entendía muy bien. Maialen recordaba con cariño a Rocío y las charlas que mantenía con ella, sus anécdotas con el euskera cuando iba al mercado, y sus aventuras cuando ella iba al colegio. La fascinaban esas historias. Cuando Rocío se marchó de su casa, Maialen la abandonó también pues tenía que casarse, para ella Rocío no era solo una cuidadora, también era su mejor amiga.
Su madre jamás entendió su amistad, siempre decía que era imposible, que pasaban mucho tiempo juntas, pero para ellas era normal estar solas todo el tiempo. Su hermano no tenía cuidadora porque era más a mayor y no quería que nadie le controlara. Rocío no tenía familia, tan solo un hermano en Huelva llamado Rodrigo que tenía un par de años menos que ella, le mandaba dinero de vez en cuando, él estaba internado en un centro de integración de menores. Rocío era distinta a todas las de su edad, era muy madura y muy responsable y la trataba muy bien. Cuando Maialen se caía jugando, Rocío la bajaba los calcetines altos y la curaba cantándole una canción: “Sana, sanita, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana.” Y terminaba dándola un beso en la herida. Para ella era especial, con esa canción la herida la dejaba de doler. Rocío vivió su juventud, su adolescencia, sus rabietas, y sus rebeldías, pero siempre lo hacía con una sonrisa, lo aguantaba todo, sin quejarse ni un segundo, la pagaban por ella, pero Maialen siempre creía que para ella cobrar era lo menos importante que la quería, que la tenía cariño.
Recordaba una mañana de junio, no sabía de qué año. Rocío la llevó a una charca que había al lado de su ciudad, y se pasaron allí todo el día. Fue genial. Maialen lo recordaba nítidamente. Merendaron bollos de azúcar y miel. Y comieron, gachas de trigo y zumo de naranja. Se lo pasaron muy bien. Jugaron con unas raquetas viejas que llevo Rocío, y con unas pelotas como de tenis, pero no se parecían nada a las que hay ahora. Jamás olvidará aquel día.
Rocío la dejaba salir a jugar con sus amigas cuando no estaba su madre, y la controlaba para que no hiciera tonterías. Se preocupaba por ella. Recordaba que en la merienda, Rocía la daba un bocadillo con chocolate, un vaso de leche y la sentaba frente una radio vieja, en la que apenas se oían palabras entrecortadas. Ella mientras, ordenaba la cocina y preparaba la cama de Maialen para que se fuera pronto a dormir. Cuando la llevaba al colegio, la vestía sin prisas, la peinaba muy lentamente y la llevaba en bicicleta. La daba la cartera roja y la daba un beso en la mejilla, Maialen nunca quería que ella se fuera, pero Rocío la juraba que volvería pronto a recogerla. Y siempre lo cumplía. Cuando Maialen salía corriendo de la escuela, ella la esperaba puntual en la misma puerta. Y por las noches, la contaba un cuento, el que Maialen prefería, y se sentaba en un taburete al lado de su cama, y lo relataba; pero no de una forma normal, no, parecía que estabas dentro del libro cada vez que lo leía, después la arropaba hasta arriba y cerraba despacio la puerta.
También se acordaba de cuando hablaba con Rocío. Ella se mostraba muy cariñosa con Maialen, como si fuera su propia hija. La subía sobre sus piernas y la contaba miles de historias fantasiosas que Maialen se creía, y se reían mucho juntas. Recordaban muchos de los momentos que habían pasado juntas. Recuerda el día que se fue de casa, lloró mucho. Para ella, se iba algo más que una cuidadora. La iba a echar mucho de menos, todavía la echaba de menos. Siempre tuvo fotos suyas en casa, y a veces hablaban por teléfono. Pero hace unos años, Rocío llamó para despedirse de su “niña”, contaba que tenía una enfermedad grave y que en un par de horas moriría. A las tres horas, Rocío fallecía. Maialen que se enteró por sus hijos, bajó hasta la ciudad y despidió a su amiga. En el entierro, los hijos de Rocío hablaron con Maialen y la dijeron que para su madre, ella siempre había sido muy importante, y que lo último en decir antes de morir había sido “Maialen”. También la dijeron que su madre tenía una gran foto suya en el salón junto a Maialen, y que pidió que la enterraran con una foto de Maialen, su niña eterna. Los hijos de Rocío, la entregaron dos fotos, una de ella misma, para que introdujera en el ataúd; y otra, de Rocío, una de las últimas voluntades de Rocío había dio que la dieran esa foto para que siempre estuviera presente en su vida, y la siguiera cuidando. Desde aquel entonces Maialen, la tiene enmarcada y colocada en uno de los lados sobre la chimenea, para enerla siempre presente.

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