miércoles, 12 de marzo de 2014

Recuerdos en el último aliento. (Capítulo 2)

Capítulo 2
El reloj marcaba las cuatro. Maialen se levantó, cogió unas sábanas de color gris que tenía metidas en un armario de madera de abeto rojo y se envolvió con ellas todo el cuerpo. Tenía frío, y en la chimenea ya no quedaba más madera con la que prender. Pero no podía salir afuera, estaba oscura y además, estaba totalmente aislada pues la puerta estaba tapiada con nieve. Se la habían acabado todas las reservas que había guardado para la semana. Se retorcía en la mecedora y recordaba momentos en los que la hubiera gustado cambiar las cosas.
En la boda de su hermano la hubiera gustado no beber tanto, según la habían comentado daba vergüenza ajena. Se subió a las mesas y junto a su suegro bailó una jota, que más bien tiraba a chotis. Sus primos estuvieron sin hablarla meses y meses, hasta que se les pasó el enfado. Al día siguiente, Maialen despertó en el salón del banquete con un vestido rojo, y con unos zapatos de charol negro, con el pelo alborotado y con chorros de alcohol a su alrededor. ¡Qué vergüenza! La calló una buena bronca al llegar casa, la costó recobrar la normalidad en el hogar familiar.
Hubiera querido estar presente en el bautizo de su sobrino Giorgio, pero tenía que cuidar de su madre que estaba a punto de morir. Quién la iba a decir a ella que diecisiete años después de aquello iba a estar en su misma situación. Incluso peor. Su madre por lo menos la tenía a ella, pero ella, a quién tenía. Sus hijos no llegarían a tiempo, no tenía marido, ni más familia cercana.
La hubiera gustado haberse comprado aquel vestido tan bonito azul marino que vio por primera vez el día que fue con sus hijos a Denia. Costaba mucho dinero y ahora se arrepentía de no habérselo gastado. Ese tono de azul resaltaba los encajes y bordados que se repetían por el lateral del vestido. Esas mangas de gasa, y esa sobre manga falsa de seda lo hacían especial. Se lo hubiera puesto muchas veces, millones. La gustaba tanto que hasta lo llevaría para limpiar la casa, pero en aquel entonces, era o el vestido o comer. Y estaba claro que era lo más importante para ella. Pero ese vestido, ese vestido era especial. Jamás la había gustado tanto un vestido. El corsé en el que acababa el cuerpo del vestido era casi negro, pero se notaba el toque azul marino. Con cuerdas en color marfil que hacían resaltar la espalda y bajos en color negro que resaltaban el largo del vestido. Nunca podría ser suyo y ahora a esa edad menos todavía. Por ella habían pasado más años de la cuenta, todo lo que había sufrido… ella era una mujer sana, nunca había fumado, y bebía bastante poco, no había salido mucho, ni tampoco se había peleado nunca. Una mujer tranquila, sí señor.
La noche que fue a la fiesta de antiguas alumnas del Monasterio de San Jonás, donde ella había estudiado, la hubiera encantado ponerse ese vestido y deslumbrar a todas sus compañeras. Sim embargo, apareció con un traje de pantalón y chaqueta azul turquesa, era lo único que se podía permitir. Y eso juntado con que Unax iba con un chaqué de color gris, pero con un toque amarillento y una corbata de cuadritos rojos y blancos; era toda una catástrofe. Todas sus compañeras iban de punta en blanco, con sus maridos perfectos, parecían un anuncio de la televisión. La habría gustado tanto deslumbrarlas aquella noche. Mostrarlas de lo que era capaz, que no la había ido tan mal en la vida. Vale, su marido no era gran cosa, pero para ella era maravilloso. Aquellos maridos parecían maniquíes con sus trajes conjuntados y sus corbatas perfectas. Sin rechistar ni un momento a sus respectiva esposas y casi sin moverse del sitio. Ellos parecían ser los únicos vivos en la fiesta pues las mujeres tampoco se movían mucho por la pista. Se limitaban a soltar sonrisillas y carcajadas al viento con un claro motivo: sus estilismos baratos. Como se notaba que ellos no tenían gatos: unas eran jefas de grandes empresas, otras se limitaban a hacerle la pelota al jefe y a otras sus papaítos las costeaban todos sus caprichos. En fin, habían sido la comidilla de toda la fiesta.
La hubiera gustado perfeccionar tantas cosas… tantos momentos fallidos de su vida… tantos recuerdos malos que convertir en buenos… tantos cambios… que pena que no pueda hacerlo, se estaba a punto de morir y eso ya era poco probable. Ella siempre les enseñó a sus hijos que las cosas no eran eternas, que siempre se podían cambiar. Que nada era para siempre, que todo tenía otro camino. Y ella era la primera que no cumplía eso, no había cambiado nada aunque había sido siempre una visionaria. De pequeña era la que quería cambiar el mundo, la que quería ser importante. Y sin embargo, no había hecho nada de eso, se dedicaba a cuidar de su familia. Quién sabe, podría haber sido alguien muy importante, pero jamás lo sabría. Ya era tarde. No podía solucionar nada, se estaba quedando sin fuerzas. Y pensar en lo qué podía haber sido y nunca fue. La habían inculcado unos valores que pocas veces hacía presentes en su vida diaria. Jamás se había revelado contra nada, ni contra la mayor injusticia. Eran momentos difíciles en aquella época y ella no era la más indicada para protestar sobre ciertas cosas. Aunque en algunos momentos la hubiera gustado revelarse contra ciertos temas. Pero fue incapaz por la situación en la que se encontraba. Si hubiera tenido medios… Quizás no había sido la mejor en ese tema, pero estaba segura de que no había decepcionado a nadie, como no tenían antiguas referencias… sus hijos nunca la habían criticado, jamás habían tenido una palabra mala sobre ella, por supuesto que a veces no habían estado de acuerdo con sus decisiones pero de una forma u otra las habían respetado.

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